AMAR AL PADRE

AMAR AL PADRE

Querido lector,

Una de mis últimas lecturas ha sido «Despertar al Asombro», de D. Manuel Ordeig, y la recomiendo, porque está escrita desde el amor y con profundidad, consigue sacudir al lector de la tibieza que siempre reina cuando se instala la monotonía y la repetición. Existen realidades, que por vivirlas desde el don de la fe, no dejan de ser menos ciertas…y ahondar en ellas no puede dejar indiferente la vida de nadie. Deslumbran.

¿Vivimos en la repetición o deslumbrados? Cada uno que se conteste a sí mismo.

Dentro de este librito, a mí me tocó mucho el corazón cuando el autor habla de nuestra filiación divina, porque somos hijos de Dios, y para ello, nos muestra el gran amor de Jesús al Padre. Lo reconozco… me emocioné. Siempre hablamos del gran amor que Jesús nos tiene, para que – siendo Dios e inocente – se dejase clavar voluntariamente en la Cruz, por nosotros, concretando: por ti y por mí.

Pero… ¿y su amor por el Padre?
¿Qué ejemplo nos dejó?

«En la intimidad de la Última Cena, reunido con sus Apóstoles, Jesús dejó escapar este anhelo desde lo profundo de su ser: ´es necesario – dijo – que el mundo conozca que yo amo al Padre`. (Jn 14,31)»

«Lo primero que nos enseña Jesucristo al venir a la tierra – con su vida más que con palabras – es a ser hijos. Seguir a nuestro Modelo supone ahondar en el significado de esa filiación.»

«La inteligencia fracasa al intentar comprender a Dios. Sin embargo, el amor a Jesucristo nos permite apoderarnos de Dios de otro modo; una manera – la del amor – que resiste las explicaciones de la racionalidad, pero que profundiza en la Persona amada con sutilidad y agudeza.»

«Cuando exclama: ´¡voy al Padre!` (Jn 16,28), el corazón humano de Cristo se llena de ilusión al pensar en la cercanía del encuentro. Jesús, cuyo ´alimento fue siempre hacer la voluntad del Padre` (Jn 4,34), va a alcanzar el fin de su existencia terrena y la plenitud de sus anhelos; y quiere hacer partícipes a los que ama del gozo interior que desborda su corazón: ´si me amárais ciertamente os alegraríais` (Jn 14,28)»

«Para eso vino Jesús al mundo, para eso nos redimió y para eso envió – con el Padre – el Espíritu Santo a nuestros corazones: para que Éste nos haga ´clamar con gemidos inenarrables`(Rom 8,26): ´¡Abbá, Padre!

Jesús, «desde su primera palabra recogida en el Evangelio: ´¿no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?` (Lc 2,49); hasta la última: ´en tus manos encomiendo mi espíritu`(Lc 23,46), mira y piensa en el Padre.

«Especialmente destacan las oraciones al Padre que recoge el Evangelio, por lo general breves y espontáneas, pero también hondas: ´Padre te doy gracias…`(Jn 11,41); ´Yo te alabo, Padre…`(Mt 11,25); ´¿Por qué me has abandonado..?` (Mc 15, 34). En ellas se manifiesta un diálogo divino, realizado a la manera humana. Algunas veces con la intención de enseñar a sus Apóstoles, como en los primeros ejemplos aducidos. En otras ocasiones aflora, sin más, su interior del modo más directo y sencillo que pueda imaginarse: ´no se haga como yo quiero, sino como quieres tú`. (Jn 12,27)»

«Su confianza en el Padre se manifiesta también en la seguridad y llaneza con que hace milagros, cierto de ser escuchado sin ninguna duda: ´Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas.`(Jn 11,41); por eso, en diversas ocasiones, echa en cara a los discípulos la escasez de su fe.»

«Basta decir aquí que lo que salva al hombre del pecado, el nervio de la Redención, no es tanto el amor de Cristo a los hombres sino, sobre todo, el amor de Jesús al Padre.»

«Jesús, cabeza de la humanidad, recoge en sí a todos los hombres – con nuestros pecados – y ofrece al Padre un amor infinitamente mayor que la multitud de odios y ofensas humanas.»

«´Es necesario que el mundo conozca que yo amo al Padre, por eso cumplo todo lo que me manda.`(Jn 14,31) (…) Este júbilo de complacer al Padre, no tiene parangón humano. Solo lo nublan el pecado y la lejanía de Dios. Tal alegría ha caracterizado a todos los auténticos santos de todos los tiempos.»

«Hay una revelación conmovedora: ´todo lo tuyo es mío, y lo mío tuyo`. Dios lo repite a cada hijo. (…) Cuando un hombre percibe esto en el hondón del alma, con palabras inconfundibles, privativas y personales, se produce en él – con la alegría y el gozo citados – una transformación radical de su vida.

Aprende a no vivir para sí; a vivir del agradecimiento a Dios y para su Gloria

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