Querido lector,

El otro día compartí un post en Facebook hablando sobre “la irritación justa” que, por una parte gustó bastante y por otra, me ha generado numerosas preguntas: ¿pero cómo? ¿es que existe una “ira buena y santa”? He ido contestando uno a uno, pero me parece de interés publicar al respecto, así que, ¡ahí va!

Para empezar, conste que mi única inspiración es la Sagrada Escritura y la Tradición y que, por tanto, os he de decir que así, en general, hemos de tratar de ser felices, tener una vida justa y en paz, evitando toda ira y enfado. La ira es un pecado capital que está muy unido a la impaciencia y la soberbia, y que requiere un cambio de mirada desde nosotros mismos hacia el prójimo. Vivir en paz, es tener pensamientos justos, amables, dejar su sitio a los demás para que sean como ellos quieren ser, vivir en la templanza y paciencia, sin exigencias de más.

Un corazón puro goza la alegría del espíritu. En nuestro corazón, como dice el salmo, “la justicia y la paz se besan“.

Y es que, esto es así. Cuando vivimos en verdad, dentro de los mandamientos de la Ley de Dios, vivimos lo justo y damos a cada uno lo que le corresponde, honrando su persona. Vivimos en paz. El sentimiento de “ira mala” que nos vuelve en cierto modo irracionales, porque nubla nuestra razón y voluntad, tiene mucho que ver con el orgullo y la concupiscencia. En todo esto, cuidado con los temperamentos, porque se vive con el carácter de las personas. Hay que purificarse. Oración, sacramentos, conversión.

Muchos de nuestros enfados vienen de esta ira y la Sagrada Escritura es muy clara al respecto. Jesús matizó en el Sermón de la Montaña que, además del “No Matarás” de la Ley, también matábamos a nuestros hermanos cuando nos dejábamos llevar de la cólera hacia ellos y les insultábamos. No está permitido. Y nos llama a la reconciliación antes de ofertar en el altar.

San Pablo nos dice: “deben abandonar la ira, el enojo” (Colosenses 3,8).  “Amados hermanos míos, todos ustedes deben estar dispuestos a oír, pero ser lentos para hablar y para enojarse, porque quien se enoja no promueve la justicia de Dios”. (Santiago 1, 19-20).

Ahora bien, existe una “irritación justa“. Sí, hermanos, existe. Se la llama también “ira justa o cólera santa“.

¿Cuándo sucede esto y dónde está la diferencia?

Pues veréis, se produce, como dice von Hildebrand en su obra El Corazón “cuando recibimos una agresión o mal moral”. O como define Francisco Fernandez Carvajal en su obra Hablar con Dios “cuando se guardan los derechos de Dios, de los demás, o de uno mismo”. Una reflexión del Blog católico Aleteia mencionaba a los santos padres:

El que no se irrita teniendo motivo, comete pecado“.
dice san Juan Crisóstomo.
Y ponía el ejemplo de cuando nos enfrentamos a mentiras, incoherencias y traiciones, porque tenemos que desahogarnos. Ya hablamos de la mentira en este Blog, pero lo vuelvo a recordar. El Catecismo de la Iglesia Católica la define como: una verdadera violencia hecha a otro. Atenta contra él en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los #espíritus y todos los males que esta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales» (C. n. 2486) Pero es que, además, el pecado hiere en lo más íntimo al Corazón de Dios, Ternura inefable, porque supone el rechazo en nuestra libertad a Su Ley de Amor.
Además, si la mentira se produce en el seno de una pareja sentimental donde debería existir un “nosotros”, un “vínculo de donación”, que se asume por un compromiso libre de la voluntad,  es dolorosísima, porque debieran ser un mismo corazón, y no se cumple: quizás se falta a la exclusividad, quizás a la donación total, quizás a ambas.  En un noviazgo (qué os voy a decir, en un matrimonio) no debería existir mentira alguna, ni la más pequeña. Porque la intimidad presupone el 100% de confianza. Es una traición. ¡Y aún hay más! ¡Si encima esto se produce de parte de una persona católica! Porque una persona que no tiene a Dios en su vida, podemos decir que no sabe comportarse o no tiene conocimientos, ¿pero un cristiano?
Corruptio Optimi Pessima!
¡La corrupción de lo mejor es lo peor!
Por eso, una persona que, por ejemplo, en su relación recibe la mentira, recibe un mal moral y se ve obligada a desahogarse. “Esto permite que cada uno defina sus límites y su identidad. Decir ´NO` a lo que no nos conviene“, decían en este Blog de Aleteia. Y es cierto. En este caso, a diferencia de la ira mala que nubla la razón, la persona mantiene muy clara su razón y su voluntad, si no, no sería justa. El artículo recuerda, además,  una reflexión de san Agustín sobre la ira de Dios: “que a Dios no le altera ninguna pasión. La ira de Dios no es para Él una alteración del alma, sino el juicio que inflige una pena por el pecado”.
Y esta reflexión sobre la ira de Dios nos ayuda a identificar la “irritación justa”, que debe durar poco y alterarnos lo menos posible. Teniendo en cuenta que el mal moral es muy doloroso y dañino, porque supone: una traición a nuestro derecho a la verdad, lo que nos es debido, una traición al corazón, con un daño sorpresivo sobre algo aceptado que no se cumple, una traición a la confianza e intimidad, una traición a la paz y estabilidad, una traición a la intimidad y amistad, y en caso de ser reincidente, una traición al perdón anterior, muy costoso de ofrecer y sanar. Uno se pregunta: ¿es que no sabemos que no hay que mentir?
¡Pues claro que lo sabemos! La respuesta está en que no somos fieles. Somos infieles a la Ley de Dios, porque tenemos gustos, apetencias, sentimientos y adherencias en nuestro corazón que nos inclinan en otras direcciones, caiga quien caiga. Somos indolentes respecto a Dios y a los demás.
¡Oh, sí, hermanos! En estos momentos merece la pena irritarse y apartarse de quien hiere, si se puede. No solo físicamente, sino también en los mismos pensamientos y vida, porque “quien te enfada, te domina”.
Me consta que “la respuesta amable calma la ira, pero la respuesta grosera aumenta el enojo”. (Prov 15,1) Sin embargo “desecha la ira y el enojo, no te alteres, que eso empeora las cosas” (Salmo 37.8) “No busquemos vengarnos, amados míos. Mejor dejemos que actúe la ira de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor». (Romanos 12,19).
A nosotros nos toca dejar que Dios sane heridas, ¡que sana! Y mucho que le duelen nuestros dolores. Perdonar y olvidar. Orar para que Dios ilumine y sane a los enfermos de corazón. Y procurar no serlo nosotros. Quien no cumple la Ley de Dios se aparta del Camino, lo quiera justificar como lo justifique. Recordemos ese infalible dicho popular: ¡en el pecado va la penitencia!
Estamos en Adviento, preparemos nuestro corazón para ser libre en el amor. Todos merecemos un corazón puro. Fiel. Indiviso.
Aquello que es la Verdad, da paz, no hace daño. “El que ama a su prójimo NO le hace daño”.(Rm 13,10)
PD: Soy Orientadora Católica de Noviazgo, Matrimonio y Familia, por la Universidad Pontificia Lateranense de Roma.
Si alguien desea alguna orientación puede contactarme a través del Formulario CONTACTO de este Blog. Dios os bendiga.

Un comentario

  1. Darte la enhorabuena Cynthia, porque con tus artículos nos acercas a la LUZ y a la VERDAD. De tus escritos se desprende el AMOR de Dios, y ese amor conlleva una serie de virtudes que acercan nuestro corazón al resto de corazones… todo lo que nos aleje del “calor del hermano”, no es de Dios y por tanto, no sólo no construye sino que destruye al otro y a nosotros mismos. Preciosa reflexión sobre la irritación justa!
    Un abrazo muy fuerte y Dios bendiga la gran labor que llevas a cabo.

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