El tiempo del Espíritu Santo

El tiempo del Espíritu Santo

Querido lector,

Caminamos hacia Pentecostés en estos últimos días del mes de mayo. Ayer comenzó el Decenario al Espíritu Santo y hoy da inicio su Novena. El fin de todas estas oraciones, que se nos invita a hacer, no es otro que invocar su presencia para que Él mismo nos prepare para el gran día.

Sin embargo, no se puede empezar la casa por el tejado. Lo curioso es que, aún hoy, encontramos a mucha gente que nos pregunta: ¿qué es el Espíritu Santo? Un amigo mío me llegó a decir: ¿te refieres al símbolo ese de la palomica? Sé que da risa… pero es que mucha gente solo conoce las representaciones que de Él se han mostrado en la Biblia: como el fuego, el agua, … y, sí, ¡la paloma! Pero no saben de qué estamos hablando. Imaginaos su reacción si les ponemos delante la Novena o el Decenario ¡sin que sepan nada!

El Espíritu Santo es el gran desconocido. Y no es un qué sino un quién. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Recordamos: un solo Dios, pero tres divinas personas. Por lo tanto, ¡es Dios! Y el gran reto es conocerle, porque esta divina persona es la encargada de la magnífica obra de nuestra santificación. Y aún más, ¡no obra sin nosotros! Hemos de conocerla para corresponder a sus divinas mociones.

Conocer al Espíritu Santo es apasionante. Os recomiendo un libro: En la Escuela del Espíritu Santo, todo un clásico que merece la pena tener en casa, del Padre Jacques Philippe. «La vía más corta para santificarse es la fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo«, escribe Santa Faustina Kowalska en su Diario.

Sin el Espíritu Santo no somos capaces de entender la Palabra de Dios. Él es quien nos lleva a la comprensión de la verdad. Es quien quema en nosotros toda forma de egoísmo y nos purifica. Es Él quien nos impulsa a alabar, adorar y glorificar a Dios. Él nos ilumina para amar a los hermanos.

En el mensaje de Santa María al Padre Gobbi del 3 de junio de 1990, ella le dice que es El tiempo del Espíritu Santo y le pide que, reunidos en el Cenáculo de Su Inmaculado Corazón, invoquemos con Ella el Don del Espíritu Santo: «Ven Espíritu Santo, ven por medio de la poderosa intercesión del Inmaculado Corazón de María, tu amadísima esposa». Y añade:

«Repetid esta invocación con frecuencia».

«Solo el Espíritu de Amor puede renovar el mundo entero».

«Mi Corazón Inmaculado es la puerta de oro a través de la cual pasa el Espíritu Santo para llegar a vosotros«.

Nuestras vidas están llamadas a transformarse en un jardín florido. Como le escuchaba decir el otro día al responsable nacional del MSM: «No dejemos amplios espacios en el corazón a Satanás. Al final, en lugar de un jardín, es un basurero». «La santidad no es mediocridad». «El Espíritu Santo no es una figura decorativa».

Dios es amor. Por eso, cuando el Espíritu Santo habita en nosotros, lo hace con sus siete dones, haciendo nuestra alma «manejable, flexible y obediente a sus divinas mociones, que son las leyes de su amor, en cuya observación consiste la felicidad sobrenatural de esta vida presente», escribe el Padre Jacques Philippe.

Añade que los siete dones son las mismas virtudes, propiedades y cualidades del amor:

La sabiduría: el amor que saborea, gusta y experimenta cuán dulce y suave es Dios.

El entendimiento: el amor atento a considerar y penetrar la belleza de las verdades de la fe, para conocer por medio de ellas a Dios en Sí mismo, y después, descendiendo de ellas, considerarlo en las criaturas.

La ciencia: el mismo amor que nos ayuda y mueve a conocernos a nosotros mismos y a las criaturas, para hacernos subir a un más perfecto conocimiento del servicio que a Dios debemos.

El consejo: es el amor, en cuanto nos hace cuidadosos, atentos y hábiles para elegir bien los medios propios para servir a Dios santamente.

La fortaleza: es el amor que alienta y anima el corazón para ejecutar lo que el consejo ha determinado debe ser hecho.

La piedad: es el amor que endulza el trabajo y nos inclina a emplearnos con filial afecto en las obras que agradan a Dios, nuestro Padre.

El temor: es el amor, en cuanto nos hace huir y evitar lo que desagrada a la Majestad divina.

Este mes que terminamos: mayo, es también el mes de María. En ella, el Espíritu Santo actuaba sin obstáculos. Pero en nosotros, dice Jacques Phillipe, «así como se ve a los grandes ríos formar remolinos de espumosas y alborotadas aguas y frecuentes rompientes cuando discurren por un cauce áspero y pedregoso… así el Divino Amor, encontrando en las almas muchas resistencias e impedimentos, causa violencias, combatiendo las malas inclinaciones, hiriendo el corazón y moviendo la voluntad con diversas agitaciones e impulsos… Por el contrario, las aguas al entrar en la llanura corren y se deslizan con suavidad y sin esfuerzo».

«Señor Jesucristo,
Hijo del Padre,
manda ahora tu Espíritu
sobre la tierra.
Haz que el Espíritu Santo habite
en el corazón de todos los pueblos,
para que sean preservados
de la corrupción, de las calamidades
y de la guerra.
Que la Señora de todos los Pueblos,
la Santísima Virgen María,
sea nuestra Abogada.
Amén.»

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