Algunas veces cuando hablamos de meditación hay quien identifica esto con la religiosidad oriental como el budismo o con algunos de los grupos de la nueva era. Hay también quien entiende por meditación sólo un estilo de vida, una búsqueda de serenidad y quietud para vivir con más armonía en medio de nuestra dispersión. Meditación se asocia con términos como mindfullness, silencio, paz interior y otros, en el sentido de una espiritualidad laica y universal. Y no son pocos los que buscan esto, pues no han encontrado respuesta en nuestro contexto católico, tan centrado algunas veces en tradiciones, ritos, y preceptos morales. Buscan un modo de pacificación interior que les ayude a encontrarse consigo mismos, tal vez, después de no pocas frustraciones o desengaños. Buscan un silencio que les libere de algunas palabras engañosas. (Jr 7,4)

Entre algunos católicos existe una clara prevención ante la palabra “meditación”, y trazan rápidamente una frontera. Parecen más preocupados por la exterioridad de formas religiosas y el peso social de éstas que por crecer espiritualmente desde una interioridad.  No saben o se olvidan que la “meditación” es necesaria para acoger el Reino de Dios en medio de nosotros. Y esto es así desde el inicio de la primera misión de la Iglesia, cuando Jesús mandó a los setenta y dos discípulos de dos en dos. (Lc 10,1-9) Estos discípulos, después de hablar de Jesús y de manifestar los signos del Reino entre la gente, debían decir:

“El Reino de Dios ha llegado a vosotros”.

Y la acogida de este Reino que ha llegado sólo es posible comenzando por nuestro corazón o nuestro interior.

Pero, ¿qué es y en qué consiste la meditación para un cristiano?

Es un movimiento del yo o de la conciencia, desde la interioridad, hacia Dios. Este movimiento comienza desde el silencio de nuestro espíritu, para dejar que el Espíritu Santo nos serene y nos ayude a centrarnos. Escuchamos la Palabra de Dios, y en nuestro interior acogemos una palabra que nos interpela. Esta escucha se convierte en un encuentro, en un diálogo yo-tú, en una comunión amorosa con el Dios amor que se revela y se comunica en la Biblia. Un amor que puede ser mandado porque antes es dado, un amor que se vive como una respuesta personal, y que buscará ser entregado y fecundo.

La meditación la entendemos como un momento de escucha, pero no olvidemos que esta escucha la hacemos desde el silencio y desde la quietud que nos pacifica. Nosotros también necesitamos la serenidad que nos centra. (L. CASALÁ, Habitar el silencio. Los cinco silencios: un camino de unificación, PPC, Madrid 2017), que nos con-centra y nos devuelve a nuestra casa. (P. D´ORS, Biografía del silencio, Siruela, Madrid 2012, 22 y ss.) Y en el silencio de esta casa interior que es nuestro corazón acogemos la Palabra que nos habla.

Esta meditación nos ayuda a ser espirituales y no espiritualistas. El espiritual aprende a escuchar y desde su espíritu sereno y pacificado (Sal 131) deja hacer al Espíritu a través de la Palabra, y discierne lo que de verdad le conviene como hijo de Dios (1Jn 4,1-6). El espiritual busca ser dependiente de quien tiene que ser, y busca la luz fuera de él mismo. Desde dentro de uno mismo pero hacia fuera de uno mismo, en un círculo virtuoso de amor y agradecimiento. El espiritualista está a merced, a veces obsesionado, por negatividades, malas influencias, energías…No acaba de salir de sí mismo y entra en un círculo vicioso de subjetividad y de espíritus del momento. (Ef 6,12)

La espiritualidad cristiana es una espiritualidad del encuentro a través del silencio que serena, aquieta y concentra. Nos encontramos con gente que busca una vida digna y humana por otros caminos, y no es bueno un rechazo desde el inicio, ya que esto mata el encuentro con quien está buscando. Desde nuestra experiencia de esta meditación bíblica y cristiana podemos abrirnos a todos: amando, escuchando y proponiendo. Si de verdad estamos convencidos de esta meditación, poco tenemos que temer. Como dice J. GUITTON: La generalización es análoga al egoísmo mientras que el sentido de las personas y los detalles dispone a la simpatía. El odio confunde, el amor discierne.” (Aprender a vivir y a pensar, Encuentro, Madrid 2006)

 La meditación siempre es un ejercicio de realismo, no de fantasía ni de idealismo. Me encuentro conmigo mismo y con la Palabra de Dios que me habla, que me cuestiona, que me purifica de idealismos y romanticismos, y me sitúa no ante lo que me gusta o no me gusta, sino ante lo que soy y puedo hacer. Ante quien puedo y debo amar. No ante un enjuiciamiento de las cosas que ocurren sino ante una actitud de afrontarlas.

No con prejuicios sino con discernimiento.

d-cristobal

D. Cristóbal Sevilla Jiménez.

 

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