Querido lector,

Hacía tiempo que no escribía por aquí, pero hoy he sentido una gran necesidad de transmitir algo que me ahoga por dentro. Comienzo con humor, aunque es un asunto que me preocupa bastante. Observo como, en muy poco tiempo, se ha extendido por doquier una valoración desmesurada de las necesidades sexuales de las personas, hasta el punto de llegar a identificarlas con todo tipo de nombres (son tantos que ya me perdí). ¿De verdad las tendencias sexuales de una persona son tan importantes como para clasificar a los seres humanos?

¿Acaso todos los sabios, desde la antigüedad, no nos han mostrado que una vida dominada por la razón sobre los apetitos es lo que llamamos una vida razonable, recta? Lo aseguraban los filósofos estoicos. (¡Ah! Que han quitado la filosofía… claro). La moral es todo un estudio de las virtudes. En palabras de Aristóteles: “La norma moral del bien es el hombre virtuoso. Porque en el hombre virtuoso vemos la vida buena”.

Así que, como dice Chesterton: “Si una llave abre la cerradura, se sabe que es la llave adecuada“.

Me horrorizan las ideologías, porque tienden a que la gente no piense; nos dicen ellos lo que tenemos que pensar. De hecho, en pleno S. XXI, escribir este artículo casi podría considerarse un hecho subversivo. ¡Válgame! Juan Pablo II, un santo, vivió bajo regímenes ideológicos fortísimos. Un día le preguntaron: “¿Qué es lo que más temen los nazis?”.

“Que pensemos”, contestó. La razón, entiende Juan Pablo II, es propio de la libertad. Antes de la persecución a los judíos, llevaron a los profesores de la Universidad a los campos de concentración. Por eso, y por tantas cosas más, el catolicismo debe ayudar a la gente a pensar, a pensar por sí mismos. La razón no es contraria a la fe. La fe pide pensar, y pensar en la fe es la gran contribución para la cultura. La cuestión de la verdad es esencial en nuestra vida.

Dicho esto, deseo gritar desde aquí, aunque no me escucharan más que las piedras, que la dignidad humana no está en los genitales. ¡Aunque lo dijese el mundo entero y me quedase sola defendiendo la verdad! Porque es la Verdad. No puedo ver a mis amigos clasificados por sus orientaciones sexuales, me niego. Para mí son más, mucho más. Y, además, una cosa es sentir y otra consentir. No me gustan todos esos chiringuitos y grupos de poder que se han inventado terminologías sin fin; se aprovechan de ellos e invaden el mundo entero como si ya fuese algo sin retorno.

Fijaos, os comparto imagen de lo que ahora se han inventado:

Pues bien, me encanta el muñequito de “inocente inocente”. Os voy a poner un ejemplo algo bruto – aviso – pero tal y como están las cosas, lo veo necesario. Imaginaos a una persona cuyo instinto sexual es rozarse con los árboles. ¡Eh, que yo también me sé inventar palabrejas! Esta persona, sea cual sea su sexo, tiene en su corazón a los árboles. Su identidad es aún incalificable, pero su género lo vamos a llamar “árbolsex”. A partir de ahora, necesitamos presupuestos para introducirlo en las charlas de orientación sexual, medios de comunicación, y ya hemos hablado con Disney, que son muy modernos, y el 50% de los personajes de sus dibujos son de género; este es el que abraza árboles. Además, el mundo de la moda lo aplaude, porque viste en tonos safari y va medio rapado, creando novedad de estilo para los jóvenes. Y, bueno, suma y sigue… así todo.

¿No os parece un poco “rarito”? ¿No os parece que el mundo entero debería haberse puesto alerta frente a esto? ¡Ah, no! Que los grupos de poder que hay detrás se amparan en el victimismo, y si hablas sobre esto eres discriminatorio.

Dejemos este mundo atrás, al menos. Oremos por ellos. Pero reconozcamos que esto es una pantomima dañosa. Los seres humanos somos más que animales con instintos. Somos racionales (aunque algunos lo empleen mal). Y además, somos espirituales, con un alma espiritual eterna. Las virtudes humanas son dones del Espíritu del Amor de Dios.

Nuestra razón está herida de ignorancia en el campo de las verdades prácticas. Terminamos justificando aquello que queremos hacer. La conciencia moral es un juicio de la razón sobre las acciones, y tenemos una tendencia desordenada a darnos la razón. Lo más grave es que: las disposiciones morales afectan a nuestra capacidad de conocer. Por ejemplo: el hombre lujurioso querrá cualquier cosa menos una mujer. La sexualidad afecta lo psicofísico, por lo que también se puede ser utilitarista en lo afectivo. La persona puede estar cegada para ver al otro.

Al final, la persona es su porte espiritual.

Como dice San Pablo: “Solo el espiritual puede juzgar de las cosas espirituales“. Y para valorar la “calidad” del alma es necesario: la pureza del alma y el dominio afectivo. (Tanto en la persona que recibe la moción como en quien le oriente). ¿Por qué? Porque si miras con una mirada INTERESADA te pierdes la esencia de las cosas. Hace falta un mínimo de virtud y de mortificación para entender las cosas espirituales.

¿Cómo vencer “la malicia” que afecta a toda alma poniendo como fin último su amor propio desordenado (egoísmo)? (Y esto va para todas las tendencias sexuales). Pues poniendo la voluntad en el amor a Dios sobre todas las cosas. Y al prójimo como Él nos amó. ¿Es duro, eh? Puede ser, pero ¡es la verdad! El cristianismo eleva la vida natural del hombre gracias a la vida sobrenatural. La base son las virtudes. Jesucristo eleva la capacidad en el Sermón de la Montaña, pero porque no nos ha dejado huérfanos. Él desea nuestro corazón completo y una vida de comunión REAL.

La experiencia espiritual se hace imprescindible para la VIDA NUEVA. Así reconocemos que está con nosotros, por la acción de su Espíritu en unión con el nuestro: Luz, Verdad, orden recto, docilidad, apertura, sinceridad, recta intención, humildad, confianza, imitación de Jesús, comportamiento evangélico, caridad en toda su dimensión, mortificación por amor, abnegación de uno mismo, paciencia, mansedumbre, paz interior, alegría interna, gozo de la libertad de espíritu bien entendida… ¡Merece la pena discernir! ¡Estamos en conversión!

Nuestra separación del Espíritu del Amor de Dios es la que nos ha herido por dentro, generando concupiscencia e ira. A mayor abuso de la sensibilidad, más insensible se vuelve uno. Es automático. La auténtica sensibilidad tiene su origen en la vida espiritual.

El ser humano posee una altísima dignidad intrínseca, una categoría superior a sus genitales o instintos. El hombre y la mujer son dignos porque han sido creados a imagen y semejanza de Dios. ¡Tú posees un valor especial! ¡Descúbrelo!

6 Comentarios

  1. Cuánta razón y cuán poco criterio se tiene hoy en día, dominados por creencias y postulados políticos que nos hacen ser cada día más ignorantes.
    Pero nos quieren así, rebaño…
    Para poder manipularlos.
    Es la sociedad? Son los valores?
    No dejemos de tener pensamiento crítico, cultivémonos por Dios!!
    Es lo único que nos queda…

    Me ha encantado tu reflexión.
    Un bico dende Galicia.😘

      • jue., 26 may. 2022 14:11, Jose Antonio escribió:
        Es un artículo perfecto, que encierra verdades muy difíciles de digerir. Algunos términos son tan reales, porque no se puede hablar de otra manera, que producen cierto rubor.
        Es un lenguaje un tanto duro, porque muy dura es la realidad que viven nuestros hijos, en un mundo hedonista, que no tiene otra aspiración que conseguir el placer a costa de lo que sea. Hoy todo tiene que ser inmediato, no importa que se socave la dignidad humana, el respeto y el decoro. Todo es lícito y legítimo, en una sociedad que se ha quedado sin valores.
        La nueva contracultura arrasará la condición espiritual del hombre, guiado ya, sólo por el instinto.

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