EN LA TRIBULACIÓN

EN LA TRIBULACIÓN

Querido lector, Tenía pendiente escribir unas líneas sobre la Cuaresma y aquí están, cómo no, condicionadas por la situación de alerta en la que nos encontramos a causa de un virus, de origen desconcertante y siniestro para nosotros, inmersos en una pandemia global. ¿Cómo no tener miedo? Sería ignorar la seriedad del asunto. Sin embargo, el miedo – además de bajar las defensas del sistema inmune y bloquear bastante – no procede de Dios. Conviene entregárselo, ponerlo bajo su Cruz y transformarlo en una operación responsable. Tratemos de mirar con el corazón, más allá de los ojos cansados y terrenos: con los ojos limpios de la fe. Algo que os recomiendo, es leer las dos columnas que sobre la palabra calamidad encontramos en el León-Dufour, vocabulario de teología bíblica, pues interpreta esta palabra a la luz de la Sagrada Escritura. Ahora que estamos recogidos en casa, tenemos tiempo para profundizar en nuestra fe, ¿no? Y justo en eso consiste la Cuaresma. Recordemos: Cuaresma, tiempo de oración, ayuno y penitencia, que desde el Miércoles de Ceniza nos presenta un camino de 40 días hacia el Triduo Pascual. Es curioso, este año, la penitencia y en cierto modo el ayuno, no los elegimos nosotros sino que nos vienen dados. Aceptémoslo con amor, obediencia y serenidad de espíritu. Y, ¿la oración? Jesús nos enseñó a orar con insistencia en la parábola del amigo que importuna a media noche (Lc 11, 5-13). Él mismo hizo eso al sufrir su agonía de Getsemaní: «En medio de su angustia, oraba con más insistencia.» (Lc 22, 43) Y, ¿para qué necesitamos todo esto? ¡Para convertirnos!, porque no se trata de prácticas...