Saber esperar

Saber esperar

Querido lector,

Ayer decía mi párroco, D. Cristóbal Sevilla: “Sin Adviento no hay Navidad”. Qué gran advertencia. Y es que parece que hoy no sabemos vivir “la alegría de la espera”, como dice el Papa Francisco. Lo queremos todo ya, aquí, ahora. Y sin embargo, la ley natural nos enseña una y otra vez que siempre hay una preparación para lo más valioso de tu vida; la formación que necesitas para cumplir ese sueño, el conocimiento previo al amor, el hijo que llevas en tu vientre antes de que nazca, así como “se obtiene” el pollo incubando el huevo y no rompiéndolo para que se abra. ¡Paciencia!

“La caridad es paciente, (…) Todo lo espera.” (1 Co 13)

En tiempos de sobresaturación, prisas y ruido, cuidado con las ansias. Que ya está todo preparado a nuestro alrededor para que uno se crea que siempre se pierde algo, y entran “unas ansias” de querer estar en todo y de saberlo todo, o de gustarlo todo, que – hasta para las cosas santas -tiene malas consecuencias.

La caridad, que es la principal virtud teologal – es decir, que tiene como su origen, motivo y objeto a Dios uno y trino – tiene por frutos el gozo, la paz, la misericordia. Contemplemos la paciencia de Dios…”que desea que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad.” (1Tm 2,4) La paciencia de la fe. La paciencia necesaria en las relaciones; “[Soportáos] unos a otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia.” (Ef.4,2) “Perdonar y sufrir con paciencia…” es una obra de misericordia espiritual.

El cristiano – que no vive según la carne, sino según el Espíritu que le injerta en Cristo – gracias al Espíritu Santo, como hijo de Dios puede dar fruto; ” el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, PACIENCIA, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, TEMPLANZA.” (Ga 5,22-23) Los frutos del Espíritu son perfecciones, primicias de la gloria eterna.

Todo esto nos lo dice el Catecismo y, como bien nos indica en el punto (736) “El Espíritu es nuestra Vida“.; cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más “obramos también según el Espíritu”.

Es conveniente pararse en silencio y reflexionar sobre nuestra inquietud interior y qué la mueve. La virtud de la templanza, que es fruto del Espíritu, pero que es también llamada “cardinal o moral”, porque a diferencia de las teologales, esta sí se puede adquirir mediante el esfuerzo humano: es la virtud que asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos, modera la atracción por los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. La persona se modera, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar.

“Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, […] lo cual preserva de la corrupción y de la impureza del amor, que es lo propio de la templanza; lo que le hace invencible a todas las incomodidades, que es lo propio de la fortaleza; lo que le hace renunciar a todo vasallaje, que es lo propio de la justicia y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo que es propio de la prudencia.” San Agustín.

Es tiempo de Adviento: cuatro semanas para Navidad, tiempo de espera. Oremos con la Palabra: LECTIO DIVINA. Una “lectura orante” para acercarnos a Dios y dejar que nos muestre Su voluntad. Reservemos un tiempo para esto cada día. Si tenemos dudas, podemos consultar a un sacerdote.
Practiquemos la paciencia y la templanza mirando hacia la Navidad como ¡un horizonte de esperanza!
“¡Una esperanza que no defrauda sencillamente porque el Señor no decepciona jamás!”- dice el Papa Francisco – “¡Pensemos y sintamos esta belleza!” “Dejémonos guiar por María.”

Hay dos fines en la oración:
Dios o yo.
El segundo, no tiene respuesta.

(Fernando Rielo)

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