¡Feliz Pascua de Resurrección!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Querido lector,

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
«Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos«.
(Cantares 8,7)

Confío que hayan tenido una Feliz y Santa Semana en el Señor. Es impresionante lo que Dios ha hecho por nosotros: ¡la muerte ha sido vencida por la vida! ¡el mal por el bien! ¡el odio por el amor!, aunque algunos aún no se hayan enterado. ¡Hagamos llegar la buena noticia!

Esta semana solemne de la Octava de Pascua, Cristo resucitado nos ha dicho: «¡Alegraos!» Sea, por tanto, nuestra alegría y nuestro gozo. También nos dice: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» ¡Oh, sí! es nuestra misión ir a comunicarlo, pero solo le verán los que tengan el valor y el coraje de ir a buscarle, sin miedo. ¡Él vive!

El próximo domingo es la Fiesta de la Divina Misericordia, de la que ya hemos hablado en este Blog (http://www.elblogdecynthia.com/divinamisericordia/). Desde el Viernes Santo, muchas personas nos hemos unido en el rezo de la Novena de la Divina Misericordia, en la cual presentamos almas a Jesús, tal y como Él nos ha pedido a través de Santa Faustina Kowalska. La petición de hoy me ha conmovido especialmente, Jesús dice:

«Hoy tráeme a las almas de nuestros hermanos separados y sumérgelas en la inmensidad de mi Misericordia. Ellas durante las angustias de mi Pasión desgarraron mi Cuerpo y mi Corazón, es decir, mi Iglesia. A medida que se reincorporan a ella, mis heridas cicatrizan, y de esta forma sirven de bálsamo a mi Pasión.»

Hace años que vengo realizando esta Novena y nunca me habían resonado tanto estas palabras como hoy. Quizás, las meditaciones previas de la Pasión de Cristo, tratar de profundizar en su Corazón… y, de repente, me alcanza en plena Pascua, el desgarro que le produce a nuestro Señor Su Iglesia que, como Él dice, es Su Cuerpo y Su Corazón. 

¿Verdad que a vosotros también os alcanza para meditar? En mi caso, he tratado de realizarlo con el Catecismo de la Iglesia Católica. «La Iglesia es en sí misma un misterio, una realidad espiritual portadora de vida divina. La Iglesia es instrumento de Cristo, sacramento universal de salvación. Ella es el proyecto visible del amor de Dios al hombre, que quiere que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo. Iglesia significa «convocación».» Somos desgarro o bálsamo en las heridas de Jesús.

Cristo y la Iglesia son «el Cristo total», y esto es impresionante, Él nos une a su Pascua. Como esposo y esposa son «un solo cuerpo», así es Cristo con su Iglesia: ¡uno! Lo sé… qué difícil es ver esto. La Iglesia está compuesta por pecadores camino de su propia santificación (de ahí la importancia de la Conversión, de colaborar con la Gracia que recibimos de Él, ¡que vale más que la vida!) Su Misericordia se abaja a nosotros ¡para elevarnos! Hermanos… ¡Dios nos quiere santos! ¡Santos! 

Todos los miembros de la Iglesia tienen que esforzarse en asemejarse a Él «hasta que Cristo esté formado en ellos». La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad.

La imagen de portada en este artículo me recuerda el paso del Mar Rojo hacia la Tierra Prometida, también la fuerza del Santo Dios, Santo Fuerte y Santo Inmortal, no solo a través del dolor y de la muerte hacia el Paraíso Eterno, sino también en Su Iglesia… cuando la Gracia del Dios vivo entra en nuestros corazones a través, especialmente, de los sacramentos, también de la oración que nos une a su Amor, de su Palabra y siempre en la Caridad… ahuyentando oscuridades, sanando vidas, consolando, y llenando de Luz y Esperanza el camino de sus hijos…

¡hacia la Gloria con Él!

«Nada nos separará del amor de Dios.» (Romanos 8,35)

¡Alabado sea Jesucristo!

Que el Amor de Cristo Resucitado esté con vosotros y os acompañe siempre.

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