En Espíritu y verdad

En Espíritu y verdad

Querido lector,

Hace poco explicaba el papa Francisco, cómo Jesús no le pedía al Padre ´que seamos felices` o cosas así… sino ´nuestra unidad`. << Que todos sean uno: como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Juan 17,21)

Entonces, ¿cuál era y es el deseo de Jesús? ¡Que estemos unidos!
Meditemos entonces por qué no estamos realmente unidos en el amor… y muchas veces parece que nos separamos (o nos separan) cuando, de otro modo, juntos – latiendo con el mismo Espíritu que llevamos dentro – seríamos capaces de llenar campos de fútbol. (Que por cosas más nimias se hace)
Estar unidos es de vital importancia para todo aquel que ama a Jesús, pues es su voluntad.
Y lo manifiesta cuando dice: << En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros.>> (Jn 13,35)

Y lo deja bien claro: << Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. Quien no me ama no guarda mis palabras; la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. >>
También San Pablo exhorta a la unidad, en nombre del Señor, y nos explica cómo llevamos el mismo Espíritu aunque distintos sean los dones, como distintas son las partes del cuerpo. Cada uno de nosotros tiene una función. Pero, como dice el Salmo: << Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles>>.

Así que, todo cristiano está llamado a trabajar por la unidad desde el amor y la caridad, cuidando las intenciones rectas de su corazón. La soberbia es la que separa; el orgullo, la vanidad, y el resto de intenciones – muy humanas, sí – pero que a menudo, por egoístas, nos salen muy torcidas y nos distancian. Lo peor es que hemos permitido que habiten en nosotros demasiado tiempo; listos y aventajados. Y no. Afortunadamente, para Dios, fuente de toda dignidad, el ser humano no vale por lo que hace o tiene, sino por lo que es.
La única manera de vencer es examinarse uno mismo, y vivir con sencillez y humildad. Como María.

Cada vez que lo bueno, lo bello, lo justo vence en tu corazón, ¡es Cristo quien vence en ti!

Merece la pena. Recuerda que << La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.>> (Jn 13,1)

Hoy, bien nos podríamos unir con Santa Faustina, cuando dice:

<< Oh Jesús mío, qué poco habla de ti esta gente.
De todo menos de ti, Jesús.

Y si hablan poco,
seguramente no pensarán nada;
se ocupan del mundo entero,
pero acerca de ti, oh Creador, el silencio.
Me pongo triste, oh Jesús, al ver esta inmensa
indiferencia e ingratitud de las criaturas.

Oh Jesús mío, deseo amarte por ellos
y compensarte con mi amor.
>>

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