Un regalo en el desierto

Un regalo en el desierto

¡Alabado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar!

 

Queridos amigos:

Estreno mi colaboración en el Blog mediante el relato de una experiencia personal, con el deseo de darme un poco a conocer dentro de esta gran familia de la que, con gran ilusión, entró a formar parte. Cuando la vida te da un giro de 180 grados, como me ocurrió a mí hace unos años, tienes que aprender a reubicar los pilares fundamentales de tu existencia para encontrar otra vez “tu sitio”. Así fue como me vi tratando de volver a encontrar a Dios en mi nuevo mundo. Pero empiezo desde el principio:

Fui Adoradora de la AEP de Murcia desde el mismo día en que inició su andadura, aquel domingo de la Divina Misericordia del año 2008. Algún tiempo después me propusieron ejercer tareas de coordinación, lo cual acepté con reparos, pensando que me iba a quitar tiempo a mi atareada vida, pero ¡no podía decirle «no» al Señor! Yo por aquel entonces tenía una jornada laboral de 8 horas diarias incluyendo festivos y ampliaba mis estudios en la universidad. Si en ello ponía todo mi empeño, ¿por qué iba a ser menos en “las cosas de Dios”, al fin y al cabo lo más importante de todo?

La verdad es que, para mi sorpresa, el ejercicio de las funciones como coordinadora de hora fluía de manera muy sencilla, ya que gracias a Dios tenía a mi cargo a unos grupos de Adoradores muy comprometidos. Todo iba saliendo bien y he de reconocer que no le dedicaba demasiado tiempo. Realmente te das cuenta que todo el trabajo lo hace Él, que tú eres una simple herramienta.

Recuerdo ese día agridulce, a finales de 2012, en el que me reuní con mis responsables de hora para comunicarles mi marcha definitiva, o por lo menos durante una buena temporada. Semanas después iba a casarme y a emprender una nueva vida al otro lado del Atlántico, en Chile, concretamente en el desierto de Atacama, siguiendo a mi futuro marido que ya llevaba allí unos meses trabajando en un proyecto de ingeniería.

Qué diferente es la vida en un pequeño pueblo en medio del desierto. Todo se percibe de manera distinta. Me sentía muy lejos de mi gente, mis costumbres, de mi ciudad y el ruido que la rodea, de mis propias prisas… Y al mismo tiempo paradójicamente me veía más cerca de Dios, pues muchos de los obstáculos que me impedían pasar más tiempo con Él habían desaparecido como por arte de magia.

En aquella etapa las jornadas laborales de mi marido eran interminables,  y yo tuve que aprender a convivir con la soledad. Y es ahí cuando la presencia de Dios en el alma se hace más necesaria y reconfortante. La parroquia de Caldera, donde conocimos personas maravillosas que siempre estarán en nuestros corazones, distaba 6 Km. de casa, trayecto que a veces tenía que hacer a pie, desierto a través, ante la falta de medios de transporte. Debido a la escasez de sacerdotes, sólo se celebraban tres o cuatro misas a la semana. 

Aquello me frustraba, porque yo sentía una necesidad creciente de acercarme a Dios, de «devolverle» el tiempo que en mi anterior vida “tan ocupada” dejé de dedicarle. 

A veces pensaba si esa búsqueda mía no sería un error, puesto que Dios habita en nuestro corazón, pero yo necesitaba algo más. Cuando no existía la posibilidad de asistir a misa, buscaba al Señor en plena naturaleza. Nuestra casa estaba rodeada de playa y desierto, un hermosísimo contraste, con bellos e inspiradores atardeceres. Muchas veces me sentaba en un banco de piedra cercano a casa, a los pies de una gran cruz, frente a una capilla que solía estar cerrada puesto que en ella sólo se celebraba una misa al mes. Y allí, provista de mi rosario y los Evangelios, pasaba largos ratos de lectura y oración y me sentía muy cerca del Cielo.

 

Fue en estos momentos de meditación cuando empecé a echar fuertemente de menos la Adoración Eucarística. Me acordaba de Murcia (¡qué afortunados los murcianos!), con una capilla abierta las 24 horas donde poder encontrarte con la presencia viva de Jesús en el Santísimo Sacramento. No había aprendido a valorar cuán extraordinario era para mí el tiempo semanal dedicado a la Adoración hasta que me faltó.

Tal era mi inquietud que decidí hablar con el párroco, el querido padre Juan, quien me dio permiso para hablarle a la comunidad acerca de la Adoración Eucarística y de los innumerables beneficios espirituales que aportaba (allí no era una práctica habitual). Y, si conseguía un compromiso de asistencia suficiente, me prometía instaurar unas horas de Adoración todos los jueves. Y así fue como empecé a ejercer de “aprendiz de misionera”, explicando desde el púlpito al terminar la misa la bendición que suponía el adorar a Cristo Vivo desde el silencio del corazón. Para ello me resultó de gran utilidad la “guía para el adorador” que nos facilitaron en su momento en la Capilla de Murcia (la cual, obedeciendo a algún designio misterioso, había viajado conmigo en la maleta).

La respuesta fue fantástica y varias personas se interesaron por la iniciativa. El 3 de mayo de 2013, día de la Santa Cruz, celebramos la primera jornada de Adoración en la parroquia de Caldera. Preparamos el más lindo de los altares, dentro de los pocos recursos con los que contábamos, para arropar a Jesús Vivo expuesto en el Santísimo Sacramento. Ese ratito en compañía de Jesús regalaba a los nuevos Adoradores, según su propio testimonio, una desconocida y maravillosa forma de orar, más cercana, más íntima, y una oportunidad para escuchar a Dios en sus corazones. Y en cuanto a mí, significaba por fin el ansiado reencuentro con Jesús Sacramentado, más presente que nunca en aquel modesto templo en medio del desierto.

Hace ya un tiempo que mi marido y yo regresamos a España, aunque aún nos toca vivir fuera de Murcia. La Adoración Eucarística allá, en “nuestro pueblo chileno”, sigue teniendo lugar jueves tras jueves, y ya va camino de celebrar su séptimo aniversario. ¡Gloria a Dios!

Aquella experiencia, recordada a través del tiempo y la distancia, sirvió de respuesta a mi pregunta de qué “pintaba” alguien como yo en aquél lugar recóndito al otro lado del mundo. Dios se vale de cada uno de nosotros para realizar su Obra, en el momento y lugar que menos podamos imaginar. ¡Dejémosle hacer!

4 Comentarios

  1. Una historia preciosa, como siempre que uno se acerca al Sagrario para tener el privilegio de estar cerca de Él y con Él, viéndolo con los ojos invisibles del corazón como Él y sólo Él sabe hacer con esa luz inmensa y cegadora de su Amor.

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    • Así es, Julio. Su Amor lo puede todo. ¡Muchas gracias por tu cometario!

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  2. No hay palabras para definir el amor, ni siquiera el amor humano, pero el amor es donación gratuita, desinteresada y heroica y se percibe por sus efectos. El Amor Divino es totalmente incomprensible. Si Dios nos manifestara sólo un rayito de Su Amor, no podríamos resistirlo, si Él no no sostiene, moririamos. El amor a Dios es sólo un pequeño reflejo de Su Amor, porque cuando tenemos conciencia de cuánto nos ama Dios, nos queda en el alma, como un estigma. Lo amamos porque Él nos amó antes, porque Su Amor permanece siempre.
    Quien fomenta la Adoración a Jesús Sacramentado, es que ama mucho y ese amor no puede quedar oculto, sino que debe transmitirse. Igual que aquella mujer del Evangelio, encuentra la moneda perdida y se lo comunica a todas sus vecinas.
    Cada vez que se funda una Capilla para la Adoración, en el Cielo hay una fiesta. Cuando esa Capilla se abre en mitad del desierto, el Amor de Dios, la alegría de Jesús, de María…de todos los Ángeles y de todos los santos, debe de ser inmensa.
    !Qué grande es la satisfacción del «deber cumplido» Sólo se enseña a adorar, adorando!
    Alabado sea Jesús.

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    • ¡Qué cierto todo lo que dices, José Antonio! Cuando permanecemos en Adoración, recibimos tanto de Él que es imposible guardárselo para uno mismo. ¡Muchas gracias por comentar!

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