La unión

La unión

Querido lector,

Por su importancia, estuve meditando sobre el significado de esta palabra: unir. La consulté en el diccionario, pero entendí mejor lo que me quería decir, escuchando lo más hondo de mi corazón. Unir es tan importante…como que se identifica con el mismo “bien”, que siempre une, mientras que el “mal”, como su opuesto, trata por todos los medios de separar, o al menos, de impedir la unión.

Como decía Santo Tomás de Aquino: “el bien sin el mal puede existir, pero el mal sin el bien no”. Entendía el mal como la privación de un bien que debía existir en una cosa, y por lo tanto, existente en el bien y actuante por el bien, siendo el mal eficaz, no por sí mismo, sino por el bien que hiere y del cual es parásito. Y ese bien – dirá Jacques Maritain – es el espíritu mismo del hombre, es la ciencia y el ideal corrompido por la mala voluntad.

La unión, la primera unión, es la propia de la Santísima Trinidad.

Solo contemplando el primer misterio – el de la Santísima Trinidad – como el de un Dios único, en tres personas distintas, podemos intuir a qué se refiere la unión a la que todo hombre ha sido llamado. Disculpen mis lectores, que yo no soy teóloga, pero me parece una meditación esencial para cualquier cristiano. De tal suerte que, cuando vamos a comulgar, no nos dirigimos a “consumir” algo, sino a “unirnos” con Alguien con mayúsculas: Dios. Y entre consumo y unión hay gran diferencia.

Cuando contemplo a Jesús en el Santísimo Sacramento y le acompaño largo rato, entiendo mejor qué es “unión”. La unión no puede ser para un rato, ¡es para siempre! Es una Alianza de amor que ha costado sangre… Cristo Esposo se une a su esposa, la Iglesia, y cada uno de nosotros entramos en esa íntima unión esponsal con Él y nos convertimos en “piedras vivas”. Es tan maravilloso…

Si no se entiende esta primera unión, no se entiende ninguna.

Gracias al bautismo y a la comunión nos convertimos en templos de Su Espíritu, en vasos comunicantes. Somos distintas personas, pero un mismo cuerpo con una sola cabeza: Cristo.

San Pablo habla de la unidad del cuerpo en su carta a los Corintios (1 Cor 12,12): “el cuerpo no es un miembro, sino muchos…” “Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?…” “Sin embargo, Dios ha dispuesto cada uno de los miembros del cuerpo como ha querido. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde quedaría el cuerpo? (…) El ojo no puede decir a la mano: “no te necesito”. (…) “Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los demás comparten su gozo.”

Esta es la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo.

Jesús, que citó el Libro del Génesis en varias ocasiones, en una ocasión dijo a los fariseos:
“¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: << Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, que lo que Dios unió no lo separe el hombre.” (Mt 19,5-6)

Una sola carne“, nos parece a nosotros que son dos personas y un solo cuerpo. Pero en realidad, el matrimonio son tres personas y un solo cuerpo, porque solo con Cristo se hace efectiva la alianza, y la imagen y semejanza con la Santísima Trinidad.

El verbo “unirse” en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: “Mi alma está unida a ti”. (Sal 63,9)

Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina es el Espíritu Santo.” (Juan Pablo II) Por eso, en la unión matrimonial, no solo hay una unión física, sino de los corazones y las vidas; es “ser una sola carne”. Dios Trinidad es comunión de amor y la familia es su reflejo viviente.

En el centro del misterio: la unión de Cristo con la Iglesia. Toda la vida cristiana está marcada por este amor esponsal. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Y existe una íntima relación entre Eucaristía y matrimonio. El amor de Cristo es un amor de entrega por su Iglesia. El amor redentor es a la vez amor esponsal. A ejemplo de Cristo ha de entregarse el esposo a la esposa: el hombre es aquel que ama, y la mujer, aquella que es amada. La Iglesia, al ser amada por Cristo esposo, se hace su Cuerpo. La mujer, siendo amada por el amor esponsal de su marido, se hace “una sola carne con él.”

Dios esposo “ama hasta el extremo”. (Jn 13, 1)
Por eso, San Pablo escribirá en su carta a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella…” (Ef 5, 25) “como a vuestros propios cuerpos”. El gran misterio de ser “una sola carne”. “¡Y la mujer, que respete al marido!” (Ef 5, 33) Respetuosa porque ama y sabe que es amada.

Cristo revela el hombre al hombre.Es necesario participar en “el gran misterio”.“El amor, para que sea realmente hermoso, debe ser don de Dios, derramado por el Espíritu Santo en los corazones humanos y alimentado continuamente en ellos”. (Rm 5,5)

“El Esposo” es la fuente originaria y única del amor esponsal humano.
Y Su Amor… ¡es para siempre!

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