La Tierna Justicia

La Tierna Justicia

“Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen;
Porque Él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos de barro
Los días del hombre duran lo que la hierba… 
Pero la Misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre.”
Salmo 103, 13-17

Saltamos de nuevo y nos vamos al libro de los Salmos. Dejando atrás las andanzas del pueblo de Israel por el desierto, el paso a la tierra prometida y las tremendas dificultades de su conquista, el nacimiento de un pueblo que se instala en una tierra y se organiza con jefes, aparecen los reyes con Saúl y el gran Rey David. En estos libros llamados libros históricos se nos muestra la relación de Dios con su pueblo, una relación cargada de errores y desconfianzas, de infidelidades e idolatrías, pero repleta de la omnipresente Misericordia de Dios. Más allá de las terribles batallas, que escandalizan a tantas personas que no se las explican en la Biblia, nunca desaparece la Misericordia de Dios en la relación con su pueblo elegido. Porque como dice mi querido profesor Don Cristóbal Sevilla: la Misericordia es como el hilo que cose y une todos los libros que forman la Biblia.

Pero salto a estos versículos del salmo 103 dentro del libro de los Salmos. En este libro, así como en los sapienciales de Sabiduría y Eclesiástico, aparecen bastantes referencias a la Misericordia de Dios. Pero para mí, estas referencias han supuesto más un problema que un alivio, porque en estos libros la Misericordia suele aparecer ligada a la palabra justicia, esa justicia que da a cada cual su merecido, recompensa o castigo.

Esta idea de justicia conlleva riesgos que se han hecho evidentes a lo largo de la historia de la Iglesia: la visión catastrofista de la vida terrena y los que yo llamo predicadores del infierno, han mostrado al mundo una imagen poco creíble de la verdad. Todos llevamos dentro el deseo de felicidad y al mismo tiempo somos conscientes de la dificultad que entraña conseguir ese deseo. Pero al final, la humanidad siempre rechazará la idea de que esa felicidad es imposible aquí, de que solo se puede encontrar en el más allá, en el cielo. La idea de justicia después de la muerte, no es aceptada en general por la mentalidad de hoy tan poco trascendente. No quiero decir que no exista la trascendencia de un cielo y un infierno, en absoluto, no se trata de eso, sino de que el miedo a la justicia divina que puede o no condenar al infierno, no es hoy en especial (ni creo que lo haya sido nunca, sinceramente) un verdadero acicate para la conversión.

Dios nos ha creado para ser felices, para amar y ser amados, ser felices aquí y ahora, y por supuesto eternamente en su amor. No porque lo merezcamos, sino porque Él así lo desea.

Para mí, y algunos me comprenderéis bien, la palabra justicia, puede resultar un poco problemática. Los años 80 fueron los de mi adolescencia y juventud, años muy duros para no pocos jóvenes: la movida y la llegada de las drogas, se extendió de manera increíble. A no pocos amigos y conocidos, la adicción a la droga les llevó a iniciarse en la delincuencia, lo que se convirtió para tantos en un viaje al sufrimiento sin retorno. Para muchos chicos jóvenes, caer en manos de “la justicia” supuso el agravamiento fatídico de su condición, ya que, aunque ellos se sentían ya excluidos de la sociedad, esta exclusión era solo una apreciación personal. Sin embargo, al ser detenidos, la justicia les declaraba de manera oficial y pública como excluidos. Esta situación se convertiría en un peso terrible para toda la vida, peso que se podría llevar mejor o peor, se podría disimular y tal vez se pudiera incluso casi olvidar, pero estaría, pesaría y afectaría para siempre, a sus relaciones con las personas y con ellos mismos de manera importante.

La justicia humana, en general, clasifica a las personas en dignas o indignas, en un proceso excluyente que tiende a apartar, a separar a aquellos que no están en la Ley. Y, aunque esta ley suele incluir en el texto sus intenciones de reinserción para el condenado, es demasiado frecuente que esas intenciones de reinserción queden solo en letra muerta. ¿Por qué es esto tan habitual en todas las sociedades? Si tanto se supone que hemos avanzado en libertad y justicia, ¿Cómo  es posible, que cada vez tengamos más violencia y más reincidencia en el mal? La explicación es bastante simple: porque el proceso de rehabilitación social, no es posible de una manera plena y completa sin Dios, sin su redención, sin su Misericordia y, como veremos, sin Su Justicia.

Estos fantásticos versos del salmo 103,

Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura”,

Son palabras realmente impresionantes, la ternura de Dios es la imagen preferida de su Misericordia porque expresa no solo cercanía sino también delicadeza, un trato cariñoso, preferencial, personal. Es un “tú a tú” con Dios, fácil de decir, pero difícil de comprender con nuestra limitada comprensión de la realidad.

Y, sin embargo, estas bonitas palabras tienen un “pero”, que se me hace en principio, complicado de asimilar: siente el Señor ternura por los que lo temen, parece como si la ternura de Dios sólo fuera para unos pocos (los que le temen). Me pasa como a algunas otras personas, que tengo una gran habilidad para buscar el sentido negativo de las palabras, y en este caso esta habilidad me llevaba a tener un cierto rechazo hacia esta manera de entender la Misericordia como algo que se merece. Algo que Dios usa con algunos pero no con todos, ¿es una justicia que separa y decide quién es digno de Misericordia?

¿Cómo entender esto entonces? La verdad que si no hubiera sido por la ayuda de mi querido profesor Don Cristóbal y sus clases sobre los salmos, no hubiera comentado citas de estos libros.

Lo primero y muy importante, es hacer una lectura real y no imaginar la parte negativa, es decir, el salmo dice que el Señor tiene ternura con los que le temen, pero no dice que no la tenga con los demás. Esta primera parte me hace ya de principio levantar la tensión.

En segundo lugar debemos una vez más situarnos en el contexto vital de los textos, así podremos ver que esta idea de justicia es un avance y no un retroceso. Me explico: ha existido y existe lamentablemente en la historia de la humanidad, un tipo de justicia generadora de odios, violencias y venganzas; esta justicia consiste en hacer pagar al que te ha ofendido o te ha hecho algo injusto con un mal mucho mayor que el recibido. En toda guerra ambos bandos luchan por lo que consideran justo. Aunque desde fuera nos pueda parecer una barbaridad, tengamos por seguro que cada uno defiende sus intereses, los cuales considera justos. Es evidente que los nazis comenzaron una guerra injusta, pero si le hubiéramos preguntado en su día a Hitler, seguro que se creería legitimado. A su vez, cuando un pueblo se veía atacado por enemigos, la respuesta justa era intentar aniquilar completamente al enemigo para que en el futuro no hubiera problemas: si alguien me insultaba yo sacaba el arma y lo mataba. Parecían cosas antiguas pero no lo son en absoluto, basta ver el telediario y nos daremos cuenta qué habitual es, el que una discusión acabe en tragedia, que una pequeña critica te consiga un enemigo eterno, y así tendríamos infinidad de ejemplos.

La justicia del Talión, aquella conocida por lo de “ojo por ojo y diente por diente” es en realidad un avance enorme frente a la justicia anterior que desencadena una respuesta de odio sin medida, cada uno con su justicia. Con la ley del Talión, esta respuesta sin medida se ve reducida, si te han robado una bicicleta, tú le quitas una bicicleta, pero no le robas todos sus bienes; si te dan una bofetada, le devuelves una bofetada no un tiro mortal.

Pues bien, la justicia que aparece en los salmos supone otro paso muy importante de camino a la auténtica Justicia divina que nos traerá Jesucristo. Pero no nos adelantemos, ¿en qué consiste este avance en los salmos respecto al tema de la justicia? Pues bien, los salmos son oraciones dirigidas a Dios; en ocasiones, estas oraciones piden justicia frente a los enemigos y no faltan palabras realmente duras como: toma cuentas de sus delitos, hazlos perecer, que los vean sus hijos y se avergüencen, tomar venganza de los pueblos, aplicar el castigo a las naciones, y otras muchas expresiones escandalosas que nos podrían hacer dudar. Pero tengamos en cuenta el contexto vital, ¿Qué le pasa a Israel?

Israel es un pueblo en lucha constante con otros pueblos, bien porque habitaban en sus mismas tierras o bien porque eran oprimidos por todos los que han pasado por allí, desde los asirios a los persas y también los griegos y los romanos. La justicia para Israel hubiera sido masacrar por las armas a estos enemigos, y en no pocas veces lo intentaron. Sin embargo el pueblo encontró una justicia diferente, ellos tenían a su Dios, el Único, por lo que decidieron remitir la justicia a Él. O sea, que ya no era el pueblo con las armas, el que debía hacer justicia, sino que esa justicia era encargada a Dios. Esto sí que es interesante: no soy yo por mi esfuerzo quien tengo que hacer justicia, sino que puedo remitir esa justicia a Dios y descansar. ¡Joroba… que alivio!

La acción de remitirnos a Dios, de dejar que sea Él quien haga Justicia, nos libera de venganzas y odios, nos enseña a esperar confiados en la adversidad y nos prepara a aceptar la inclusión de todos los hombres en el proyecto de Dios. Esto son los salmos, la oración que pide Justicia a Dios y la deja en sus manos. Es entonces cuando comenzamos a disponernos para aceptar una Justicia nueva. El pueblo de Israel, sin saberlo, se prepara para la venida del Mesías.

¡Que distinta sería nuestra vida si dejáramos la Justicia a Dios! Este sería un inicio en el caminito de la Humildad. Este sería el verdadero temor de Dios, que no es otra cosa que contar con ÉL, confiarnos a Él. Antes de tomar cualquier decisión, tanto antes de juzgar al otro, como también a la hora de juzgarnos a nosotros mismos, contar con Él.

Contar con ÉL. ¡Ay, si hubiera contado siempre con Él! De cuantos líos me hubiera librado.

Este es el camino, requiere el hacernos pequeños ante el único juez verdadero. Pero sepamos con certeza, que este empequeñecernos y confiar, no es un camino imposible, si tenemos en cuenta y recordamos precisamente esto: que Dios Juzga con Ternura a todo el que se acoge a Él.

Y ¿Porque es Dios así? Nos lo explica el salmo:

Porque Él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos de barro”

Él conoce nuestra masa porque nos creó, como el alfarero con sus manos, se arremangó y se implicó estrechamente, por eso conoce nuestra masa, nos conoce profunda y personalmente. Así que Dios no quiere reducirnos o humillarnos, sino que desea enaltecernos, como dice en otro pasaje hechura suya somos, creados a su imagen y semejanza. Dios quiere para cada uno de nosotros algo grandioso, enorme: Él nos ha creado para amar y ser amados. Y sin embargo tan frágiles, inconsistentes e incapaces de tanto, en verdad que somos de barro y nuestros días:

duran lo que la hierba…”

Esta visión de la enorme diferencia entre el proyecto divino para cada uno de nosotros y nuestra patética realidad de fragilidad e incapacidad, nos puede llevar rápidamente a una visión pesimista y fatal de la existencia humana, como la expresada en el salmo con las palabras Los días del hombre duran lo que la hierba…, pero cuando parece que nada tiene sentido, que todo está perdido, cuando nuestra vida nos parece exigua y hasta fracasada, contesta el mismo salmo:

“Pero la Misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre “

Ante nuestros fracasos, Dios no quiere nuestro desánimo, sino nuestra humildad, nuestra pequeñez. Porque por muy “nada” que seamos, su Misericordia dura desde siempre y por siempre, es decir, Él siempre ha estado y estará a nuestro lado, juzgará nuestras pequeñas obras con ternura y las trasformará en algo hermoso como no podemos ni de cerca imaginar. ¡Que poco necesita Dios que hagamos! Como dice Madre Teresa: Dios usa nuestra nada, y con ella puede construir cosas maravillosas, que tal vez nunca lleguemos a comprender en esta vida, pero que veremos brillar por toda la eternidad, por obra de la infinitamente tierna Justicia de Dios.

Podemos aprender de nuestros errores a ser pequeños ante Dios, pequeñez que se refleja en la confianza amorosa en su Misericordia. Recordemos continuamente estas palabras del salmo, en especial cuando nos encontremos angustiados, solos, abandonados o fracasados. Recordemos que Él sabe cómo somos, que conoce nuestras debilidades y que por muchos errores humanos y temporales que tengamos, Su Amor permanece desde siempre y por siempre. Hasta los errores más grandes se olvidarán, pasarán, pero el amor tierno y personal de Dios por cada uno de nosotros no acabará nunca.

Jesús, en el fondo de mi corazón,
creo en tu tierno amor por mí, te amo
(Madre Teresa de Calcuta)

Miguel Alacid

Miguel Alacid

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