ESTE PUEBLO ME HONRA CON LOS LABIOS, PERO…

ESTE PUEBLO ME HONRA CON LOS LABIOS, PERO…

   En el artículo anterior contemplamos como en «el encuentro» con el Amor de Dios, se fundamenta toda Misericordia, es ese encuentro el que nos aporta la sensibilidad necesaria para reconocer:

¡Queda tanto por hacer!

Y con esta idea me animo a continuar. Puedo tener la tentación de creer que al reflexionar sobre la Misericordia, estoy siendo misericordioso. Podría ser, pero sin duda sería pretencioso, es muy probable que en vez de ayudar a nadie con estas reflexiones, en realidad solo esté haciendo perder el tiempo a quien las lea. Esto son cosas que tal vez nunca sepa en esta vida, pero se me dirán en la otra. De igual manera pasa con muchísimas de las cosas que hacemos, podemos sentirnos defraudados pensando que no hemos conseguido nada, o al contrario, pensar que hemos realizado una acción maravillosa, cuando en realidad desconocemos el alcance de nuestras obras, los frutos de lo que hacemos caen muy a menudo en el ámbito del misterio. Un misterio que forma parte de lo maravilloso de esta vida, ya que nos aporta trascendencia, nos dirige hacia el más allá donde todo tendrá sentido y al fin: ¡conoceremos la verdad!

Por tanto, lo importante es la actitud, sobre la cual tenemos cierta capacidad de discernir, no los resultados. Mi querida Madre Teresa decía que lo que importa no es el éxito sino la fidelidad. Y cuando pienso en ello no puedo apartar de mí la autocrítica y me pregunto: ¿he sido fiel? ¿Cuál es mi actitud? Bueno, pues no pienso responder aquí, porque me da vergüenza. Pero lo que puedo hacer es una crítica como más general, así me sentiré más cómodo. Dicen que mal de muchos consuelo de tontos, o epidemia dirían otros.

Ha pasado el año de la Misericordia y tengo una sensación agridulce: por un lado he visto a un Papa auténticamente volcado, ha estado trabajando a destajo, verdaderamente Francisco me ha impresionado. Sin embargo al ir bajando a un ambiente más local, pues me siento un poco defraudado. Pensé cuando empezamos que habría muchas actividades y charlas, pero he visto poco movimiento, como una «epidemia» que nos ha dejado paralizados. No se trata de una certeza, es solo una impresión personal. Tal vez otros lo hayáis vivido de manera muy diferente, ojalá sea así. Pero me da, que no nos hemos implicado lo necesario con el tema de la Misericordia.

Esta palabra: «Implicación», se me hace absolutamente fundamental. El concepto Misericordia tiene diversas acepciones, distintas maneras de entenderlo, a veces muy similares, a veces dispares. Podemos pensar en: compasión, lástima, perdón, ayuda, condescendencia, amor, bondad, solidaridad, justicia y muchas más, creo que todas tienen en mucho o en parte sentido. Pero siempre debemos partir desde la perspectiva de acción, la Misericordia es una acción, como ya vimos.

Madre Teresa de Calcuta nos dejó, creo que una de las mejores definiciones de Misericordia, ella repetía a menudo «Love in Action», Amor en acción, esto es Misericordia. Pero ella no sólo lo decía con su boca, en realidad nos lo enseñó a todos mucho más con sus obras. Al contemplarla inclinada ante un moribundo percibimos en ella no sólo una acción, sino además una implicación, que va más allá de la acción, comprometiéndose, poniendo el corazón en lo que hacía.

Este compromiso en la acción (implicación), no es algo recientemente inventado, no es cosa de Madre Teresa ni del papa Francisco, es cosa de Dios, porque así nos ha amado Él. Dios se ha implicado del todo por y con nosotros: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.» (Jn 3,16). Pero no solo en La Encarnación sino desde siempre a lo largo de toda la Historia de Salvación. En el relato de la creación en Génesis, el vocablo hebreo crear es «bará», que posee una connotación que no tenemos en español, significa «crear de la nada» con una necesaria implicación personal. Dios crea por su palabra (y dijo Dios…) y con sus manos (Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo…). Dios no nos creó a distancia desde un ordenador, Dios mismo se implicó directamente en la creación, es la imagen preciosa del alfarero que mete sus manos desnudas, se ensucia y modela el barro con fuerza y delicadeza a la vez, dando forma a la belleza – con todo su ser – para hacernos a su imagen y semejanza. Dios es el artista y tú su obra maestra. Esto es Misericordia.

La Misericordia de Dios nos pide Misericordia, su implicación con nosotros nos pide implicación, nos pide poner el corazón en lo que hacemos por los necesitados. Pero: ¿Qué hacemos? ¿Cuál es nuestra respuesta?

Jesús en el evangelio nos alerta ante la falta de implicación. Nos dice bien claro: «no eres misericordioso.»

¿Se lo has oído decir?

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.« (MT 15,8)

¿Y qué tiene que ver esta frase con la implicación, con la Misericordia? Muy sencillo, el término Misericordia está formado por dos palabras: miseria y corazón, significa un corazón cercano, pegadito a la miseria, implicado con el mísero, con el pobre. Y el pobre, el necesitado, el no querido, el pequeño, ese es Cristo. Es por eso que Cristo nos dice “tu corazón está lejos de mí”.

Cristo dio actualidad a la profecía de Isaías, ante los escribas y fariseos, los hipócritas de su tiempo, muy celosos de la Ley pero que no soportaban la Misericordia de Jesús con los pecadores.

Hoy el Papa Francisco ha vuelto a poner de «penosa» actualidad esta frase. Ante su magisterio preferencial por los pobres y pecadores, han surgido como champiñones (venenosos) los mismos fariseos hipócritas, con un patrón de conducta absolutamente idéntico: hombres rectos (perfectos) supuestos defensores de la doctrina (la cual viven como ley) y que sin tener conciencia de su mala intención, no toleran la Misericordia del Papa con los pecadores. Pero esta claridad de comportamiento farisaico nos puede llevar a una confusión importante: nos puede llevar a creer que «somos mejores». Aquellos que vemos el error de estos hermanos, podemos llegar a pensar que esas palabras de Jesús no nos las dice a nosotros, que son solo para ellos.

Bueno, tal vez en esta ocasión Jesús habla para otros, pienso ingenuamente, puede que no me hable a mí… ¿Cómo puedo ser así? Verdaderamente resulta fácil caer en el engaño. Tengo unos labios que profesan la fe, pero es una fe enferma, pobre, raquítica, porque mi corazón se aleja ¡tantas veces! de aquel que me necesita. Soy un verdadero hipócrita. Ciertamente que Cristo habla de mí.

¿Y de ti? Por favor, no seas ingenuo, por supuesto que también habla de ti.

¿Dónde está tu corazón? ¿Junto a quién o junto a qué, has puesto tu corazón?

Muchas gracias y hasta pronto.
Saludos y oraciones.

Miguel Alacid

Miguel Alacid

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.