Una llamada dirigida al corazón

Una llamada dirigida al corazón

Querido lector:

Desde hace unos días, estoy con los ojos fijos en «el corazón» del hombre. Y todo está extractado de la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II que me tiene absorta. Karol Wojtyla es uno de los grandes filósofos del S.XX aunque se le conozca mucho más como Pontífice: su legado es un regalo del Espíritu al Magisterio.
El «corazón» es esta dimensión de la humanidad, con la que está vinculado directamente el sentido del significado del cuerpo humano y el orden de este sentido.

Cristo apeló numerosas veces al corazón del hombre, al hombre interior. Con la categoría del «corazón» cada uno es individuado singularmente incluso más que por el nombre. Este aspecto íntimo del hombre es el componente más esencial, es la fuerza que determina su comportamiento humano «exterior» y la forma de múltiples estructuras e instituciones en el nivel de la vida social. Y .., ¿está sano nuestro corazón?

El cuerpo humano llevaba en sí un indudable signo de la «imagen de Dios» que gozaba de la visión divina en el misterio de la creación y le llenaba de profunda paz y gozo, por su comunión con la Santísima Trinidad. Pero sabemos que se produce el pecado original, un desorden que antepone «otras cosas» a Dios. Y comienza el caos. Se produce como una ruptura de la originaria unidad espiritual y somática del hombre.

El cuerpo no sometido al Espíritu amenaza la unidad del hombre-persona. Es entonces cuando aparece el pudor, la vergüenza (con marcado carácter «sexual»), aparece el miedo… Son los términos de una específica «humillación» mediada por el cuerpo. A partir de ahí, se limita la originaria «donación de sí» al otro llena de confianza, es decir, la capacidad de una plena comunión recíproca. Como si el perfil personal cediese ahora el puesto a la sola sensación de «sexualidad» respecto al otro ser humano (Gn 3) Y aparece el dominio «sobre» el otro en la relación interpersonal.

Cristo, en el sermón de la montaña dirá: «todo el que mira a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.» (Mt 5, 28)

¡Qué bombazo para el hombre de todos los tiempos! Cristo muestra conocer el interior del hombre, y sus oyentes saben muy bien a qué se refiere. La mirada expresa lo que hay en el corazón. La mirada casi como umbral de la verdad interior. Cristo quiere poner en evidencia que el hombre «mira» conforme a lo que es.
La mirada es en sí misma un acto cognoscitivo. Un acto puramente interior, escondido en el «corazón», y en él acontece ya un cambio de la intencionalidad misma de la existencia. Hablamos de un deseo desordenado.

Se realiza en el «corazón» en cuanto que se ha realizado en la voluntad. Esto es lo que llamamos concupiscencia, que al adueñarse de la voluntad, domina sobre la subjetividad de la persona, su capacidad de elegir y decidir, a través de la cual, se establece el modo mismo de existir con relación a otra persona.

En la Primera Carta de San Juan se habla de la triple concupiscencia, contraposición entre lo que procede «del Padre» y lo que procede «del mundo».»Amor desordenado de sí mismo» que diría S.Agustín en «La ciudad de los hombres»; existen dos ciudades: la ciudad de Dios, y la ciudad de los hombres. Y el «amor desordenado de sí mismo» tiene tres raíces:

1.- La concupiscencia de la carne -> al servicio del «dios» Eros, que fomenta la lujuria. Nuestra sociedad invita al consumo ilimitado de pornografía, evita la fecundidad, etc… Y, al fin, estimula conductas animales y luego se lamenta de los resultados, condenando lo que ella misma promueve: la separación del «placer» de la comunión humana.

2.- La concupiscencia de los ojos -> Es «el consumismo», el deseo de acaparar bienes materiales. Sabemos que Dios creó el mundo y «vio que era bueno». Los bienes son «bienes» – como decía San Ignacio de Loyola – en tanto en cuanto nos ayudan a «ser». Tienen un peligro: que pongamos en ellos «el corazón» de tal manera que nos impidan avanzar.

3.- La soberbia de la vida -> El deseo de fama ilimitada y de mandar sobre los demás. El ser, la consideración, es bueno para llevar a cabo tu labor en la Iglesia y en la sociedad. El peligro es convertirnos en «un dios pequeño» reconocible en la expresión: «a mí nadie me manda nada».

Ahora es hermoso comprobar cómo algunas posiciones contemporáneas que interpretan el sentido del hombre y de la moral, algunos pensadores que han ejercido y ejercen gran influjo sobre el modo de pensar y valorar de los hombres de nuestro tiempo, en definitiva, parece que también juzgan y acusan al «corazón» del hombre. Pero además – y más llamativo aún – lo juzgan y acusan a causa de lo que en lenguaje bíblico es llamado concupiscencia, la triple concupiscencia.

Veamos a los calificados por Ricoeur como «maestros de la sospecha«:
1.- Freud -> «El hombre es concupiscencia de la carne».
2.- Marx -> «El hombre es ambición material»
3.- Nietzche -> «El hombre es ambición de poder. Hay que arrebatarle a Dios lo que es del hombre».

Desde luego, «los maestros de la sospecha» entraron en el «corazón» del hombre y vieron cómo estaba.

Sin embargo, antes había entrado Jesucristo, que en vida había rechazado las tres concupiscencias y, como las había vencido, nos dejó a nosotros los medios para vencerlas. Habríamos podido también nosotros limitarnos a poner ese corazón en un estado de continua sospecha. Sin embargo, la Biblia no nos permite detenernos aquí. Las palabras de Cristo (Mt 5, 27-28) no permiten que se haga de esta concupiscencia el criterio absoluto de la antropología y de la ética, o sea, el núcleo mismo de la hermenéutica del hombre; deben ser entendidas e interpretadas como una llamada dirigida al corazón.

¡La redención es una verdad!

El hombre debe sentirse llamado y «llamado con eficacia» a descubrir la libertad interior del don, es decir, del estado y la fuerza espiritual que se derivan del dominio sobre la concupiscencia.

San Pablo en la Carta a los Romanos desvela la situación de todo lo creado. Habla de «la esclavitud de la corrupción» (Rom 8,21) El Apóstol habla de los gemidos de «toda la creación» que «nutre la esperanza de ser también ella liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios». Cristo habla en la perspectiva de la redención del hombre y del mundo. Ésta es la perspectiva del Evangelio entero, de toda la enseñanza, más aún, de toda la misión de Cristo.

Estamos ante el redescubrimiento del significado de toda la existencia, del significado de la vida.

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