El robo

El robo

“Ven del Líbano, novia mía, ven del Líbano, vente…
Me robaste el corazón, hermana mía, novia,
me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.

¡Qué hermosos tus amores, hermosa mía, novia! ¡Qué sabrosos tus amores! ¡Más que el vino! ¡Y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos!
Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua;
y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del Líbano…
Yo soy para mi amado, y hacia mí tiende su deseo.”
Cantar de los Cantares (4,8-11;7,11)

Llegamos a este maravilloso y a la vez extraño libro de la Biblia, donde la Misericordia de Dios se dibuja como una pasión arrebatadora. El Cantar de los Cantares es un libro muy singular y diferente a los demás. Creo que ha sido injustamente tratado por no pocos expertos en Biblia relegándolo, en algunos casos, a un simple y mero libro sobre el Amor humano. Poco más o menos nos vienen a decir que El Cantar de los Cantares estaría compuesto por un poeta al servicio de un rico, que escribió versos de amor para su señor enamorado. Y casi de refilón cayó dentro de la Biblia, como por casualidad, y allí se quedó porque algunos vieron en esos amoríos una metáfora de la relación de amor entre Dios y su Pueblo. No faltó quien quiso sacarlo de la Biblia, por un motivo muy sencillo: no se soportaba la idea de un Dios apasionado de amor por el hombre su creatura.

Tuvieron que pasar muchos años hasta que un Santo del Siglo XVI, San Juan de la Cruz, expresó su relación amorosa con Dios, con unas maravillosas poesías en términos de Amor conyugal, en las que Dios es el Esposo y su alma la esposa; lo que llamamos mística esponsal. A partir de entonces, estas expresiones se convirtieron en más habituales y aceptadas, pero no de manera generalizada aún hoy. Hay quien todavía piensa en un Amor divino como muy diferente, un Amor alejado de todo componente pasional que es el que caracteriza el Amor conyugal, el enamoramiento entre un hombre y una mujer.

Cierto es que podríamos argumentar con aparente seguridad, que El amor de Dios está muy por encima de cualquier Amor humano, pero que dada nuestra limitada capacidad para comprender las realidades divinas, este amor esponsal nos podría valer, por analogía, para tener un cierto aunque leve acercamiento a la comprensión de algo que siempre será un misterio para nosotros, el Amor de Dios. Rápidamente podemos recurrir a los conceptos de infinitud y eternidad, que pertenecen a las realidades divinas, pero que con demasiada agilidad descartamos en el Amor humano. Y así, como sin darnos cuenta y con una coherencia y lógica indiscutibles, nos vemos ante un Dios eterno, infinito, incomprensible, inalcanzable, en una palabra: lejano.

Pero, ¿y si no fuera así? ¿Cómo es el Amor de Dios?

Pretendo no enfrascarme en asuntos teológicos farragosos, que nos hagan lenta la lectura, ni tampoco citar documentos de la doctrina de la Iglesia en profundidad. Prefiero escribir con el corazón cosas prácticas y cotidianas, aunque me equivoque o aunque resulten poco ortodoxas. Pienso que el amor de Dios ha sido terriblemente adulterado a lo largo de los siglos. Tal vez muchos de los que escribieron sobre él, no lo experimentaron en su vida. Me atrevo a opinar que desde el celibato, algunos, no comprendieron la plenitud del Amor que el corazón humano puede alcanzar.

Parece que alguno ya se está cabreando: ¡Pero de qué va este!¡Que se creerá! Intentaré explicarme, aunque creo que habrá quien siga estando en desacuerdo, en fin, posiblemente tenga razón. Es evidente que no es problema del celibato, pues ahí tenemos a los místicos, ellos sí comprendieron el Amor. No nombraré a los clásicos, pero tengo que hacer referencia especial a mi querido Papa Benedicto XVI, este sí que entendió el Amor humano y el Amor divino. La primera parte de su Encíclica Deus Caritas est (Dios es Amor) ha iluminado como nunca antes en la historia de la Iglesia, la verdad sobre el Amor divino, que curiosamente coincide con mi experiencia de Amor.

¿Y qué es esto que no todos conocen? Pues sencillamente que el Amor completo, no es solo un Amor de entrega, sino que además y necesariamente debe ser también un Amor que busca ser amado, que necesita, que anhela ser amado. Este es el amor llamado Eros, que ha sido tantas veces despreciado como un amor de instintos, de interés, de segunda clase; era el amor no auténtico frente al genuino, el llamado amor agapé, que es el amor de entrega que solo busca el bien del amado, sin esperar nada a cambio. Este amor agapé es el que se ha atribuido tradicionalmente a Dios, es el Amor de Jesucristo que se entrega hasta la muerte por nosotros. Este Amor es el corazón del evangelio, lo que se conoce como Kerigma, que no es otra cosa que el anuncio de que Dios nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, cuando somos malvados y pecadores. Desde luego que esto es algo tremendo y maravilloso. Es lo más grande sin duda alguna que una persona puede escuchar.

¿Puede haber algo más sublime, más excelso?
Puede que sí. Tal vez si preguntamos a Jesucristo: ¿por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer tal Amor? Entonces Él nos podría contar una historia de Amor apasionado, una historia de belleza incomparable, que tiene el poder de conmover el interior:

Me robaste el corazón, hermana mía, novia,
me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.

Sí, Dios nos ama con amor Eros: Él está enamorado, nos busca y nos anhela, porque le hemos robado el corazón, simplemente con lo que somos con un pequeño adorno del collar, es decir, sin nada especial, lo básico, un encanto sencillo que todo ser humano posee. Él se ha quedado prendado, “atontado”, y no quiere hacer otra cosa que buscarnos y desear nuestro Amor, anhelar el Amor personal de cada uno de nosotros.

Para hacernos una idea de lo que esto significa para nosotros, para cada uno de nosotros, tendríamos que reflexionar sobre ciertas actitudes muy cotidianas, que son muy propias de todos, aunque tal vez nos resulten más fácilmente identificables en el mundo femenino. Sería interesante llegar a computar cuánto tiempo de la vida dedica una persona a prepararse para conseguir gustar a los demás. Es fácil que nos venga a la mente, la imagen de una mujer acicalándose para salir lo más guapa posible, pero podemos recurrir a muchísimas más imágenes: los chicos en el gimnasio, o jugando a algún juego varonil intentando impresionar, preparando una intervención de cualquier tipo, comprando un coche bonito, ropas, intentando siempre ser alguien importante, capaz, poderoso, divertido, interesante, o simplemente buscando un futuro prometedor o una carrera de éxito que nos haga ser aceptados y respetados. Si nos damos cuenta, nos pasamos la vida entera intentando gustar a los demás. Es por esto que se nos hace insoportable cualquier tipo de desprecio. Es sencillo de explicar: estamos hechos para ser amados y eso lo buscamos con todo nuestro empeño, durante toda la vida.

Pues bien, ahora que estamos en situación, nos podemos dar cuenta de ¡algo maravilloso en extremo! Resulta que tu vida y la mía son un verdadero éxito sin parangón, resulta que hemos enamorado a Dios, de que por ser tú mismo, simplemente por eso y nada más, Dios se ha vuelto loco por ti. ¿Que éxito más grande puedes conseguir? Ya tienes el Amor de tu vida, está a la puerta de tu corazón día y noche.

¿Le abrirás? ¿Te dejarás amar por Dios?

Para Dios, tu amor es más sabroso que el vino, es leche y miel, fragancias y perfume. Tu sola presencia le arrebata. Tú y yo hemos sido creados para Dios, a Él le pertenecemos y Él arde en deseo de nuestro Amor. No puedo dejar de recordar el día que conocí a mi esposa, en realidad. Ni siquiera hablé con ella, solo la vi y la contemplé. Me arrebató su imagen: sus gestos y su aspecto, quedaron grabados en mi mente. Nunca he olvidado aquella imagen y su enorme atracción (hace ya más de treinta años), sería incapaz de explicar algo que iba más allá de la belleza, fue algo que tocó un resorte interior, que me puso en marcha. No hice nada, pero sabía que algo había cambiado dentro de mí. Cuando comencé a hablar con ella solo recibía rechazos, pero yo ya estaba enamorado y no iba a abandonar, así que insistí hasta conseguir el deseo que anhelaba mi corazón: su interés, su Amor.

Parece algo muy típico, el enamoramiento inicial, las cosquillas en el estómago, el atontamiento bobalicón y todas esas cosas que se comentan de los principios, como aquella que dice: “cuando uno se enamora no lo nota, pero poco a poco se vuelve idiota”, sí, todas y cada una de las clásicas tonterías de enamorado, las viví. Son expresiones que nos hablan de una pérdida de sentido común, de un estado deficitario por una ausencia de valoración justa de la realidad. Sinceramente, creo que nadie discute hoy en día esto, sobre todo porque todos conocemos muy bien aquello que siempre nos ha dicho el inteligente de turno: “el enamoramiento del principio pasa, desaparece y después hay que enfrentarse a la realidad, después debe llegar el verdadero Amor…”

Pues yo voy a decir hoy: papanatas, idioteces y tópicos que buscan la conformidad con la indiferencia, una adaptación miserable a la inmanencia … En el verdadero Amor, la pasión y el enamoramiento no desaparecen, sino que crecen, y si parecen ausentarse es algo solo momentáneo para reaparecer con más fuerza; pueden cambiar las expresiones cotidianas de relación pero no a peor, sino mejorando. Puede cambiar el aspecto físico, pero la belleza aumenta. El enamoramiento no es algo pasajero sino eterno, sí, he dicho eterno, es la fuerza que nos hace trascender, que nos acerca a Dios. Desde esta perspectiva es cuando se puede comprender el matrimonio como Sacramento, como el gran Sacramento del Amor fundado por Dios desde el principio de la humanidad.

Parece que hemos aceptado aquello de “el Amor verdadero es el que no busca nada a cambio”. ¡Pues no es verdad! El Amor verdadero espera, anhela con todas sus fuerzas, con pasión arrebatadora, ser amado. Cuando Dios nos creó, esperó de nosotros una respuesta de Amor, nosotros somos la viña que Él plantó y espera de ella su dulce fruto. Y este anhelo es el que le movió en su busca, se hizo hombre y nos amó hasta el extremo.

Cuando comencé a cortejar a mi mujer, anhelaba ser amado por ella, y este anhelo alimentaba mi Amor de entrega hacia ella, el Amor fue creciendo en las dos dimensiones (agapé y eros), y cada tipo de amor alimentaba y hacía crecer al otro. Mi deseo de ser amado por ella, me ha impulsado a amarla cada vez más, y cuanto más la amo, más deseo ser amado por ella. Es un amor eterno, sin fin, porque es el mismo Amor divino.

Cada uno de los seres humanos ha sido creado por Dios para algo sublime: amar y ser amado, porque Dios mismo es así, y Él nos hizo a su imagen y semejanza, con tal belleza, que al contemplarnos quedó prendado. Sí, este ha sido el mayor robo de la historia, el ser humano ha robado el corazón de Dios. Esta es la sublime historia que nos cuenta el libro del Cantar de los Cantares.

El universo entero vale menos
que el día en que le fue entregado a Israel el Cantar de los Cantares,
pues aunque todas las Escrituras son santas,
el Cantar de los Cantares es el Santo de los Santos
” (Rabí Aquiba)

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