El Poder de una Bendición

El Poder de una Bendición

1. La bendición sacerdotal

 

El sacerdote de la mano negra

La mística austríaca María Simma (1915-2004) afirmaba tener encuentros con almas del Purgatorio; estas, según ella, le suplicaban que transmitiese a sus seres más allegados sus necesidades, consistentes con frecuencia en misas y actos de desagravio moral o incluso monetario. Dado que los datos aportados por los supuestos difuntos se ajustaban con precisión a secretos de familia y hechos confidenciales imposibles de conocer por personas ajenas a los mismos; y, puesto que esta vidente jamás reclamó ningún beneficio económico a cambio de sus singulares servicios, los destinatarios de los mensajes aceptaban como auténticos estos contactos ultraterrenos. De modo que, durante muchos años, María Simma gozó de gran prestigio en Austria y en Alemania como vidente fidedigna de almas en pena.

Entre las ánimas que más la impresionaron, destacó una figura de aire abatido  y ademán doliente que, a juzgar por su vestidura, había sido sacerdote en su vida terrena. Su mano derecha estaba tan negra que parecía carbonizada. Conmovida, María le preguntó:

—¿Por qué tienes tan negra la mano?

—Porque debí bendecir más —respondió lastimeramente la visión de ultratumba—. Di a cuantos sacerdotes encuentres que deben bendecir más, mucho más: en sus bendiciones hay una poderosa fuerza que proviene de lo Alto y ahuyenta las fuerzas del mal. Este don solo lo poseen los sacerdotes y quienes viven en permanente estado de gracia.

María Simma

 

Las misteriosas Fuerzas del Mal

Una funesta inclinación al mal parece sellar como signo indeleble la contradictoria naturaleza humana. Es un hecho avalado por la Historia de todas las edades y de todos los pueblos. ¿Qué fuerzas fatídicas arrastran al hombre a encenagar su conciencia, a renunciar a sus metas más sublimes para sucumbir a la tiranía de las pasiones, obsesiones y adicciones que más odia, dañándose y dañando incluso a sus seres más queridos? Robert Louis Stevenson, maestro de narradores, plasmó esta inquietante dualidad en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. ¿Qué impelía al honorable Dr. Jekyll a transformarse en el maléfico señor Hyde?

 Afirma San Pablo:

 «Realmente, no comprendo mi proceder; pues no hago lo que quiero, sino […] lo que aborrezco. (Rm 7,15)» «Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. (Rm 7,20-21)»

 Pretender triunfar por nuestros propios medios en esta desigual batalla que se entabla en las más recónditas entrañas de nuestra alma es, cuanto menos, una temeridad similar a la del cervatillo que se aparta de la manada en territorio hostil; pues nuestra lucha, nos advierte el Apóstol, no es contra agentes humanos (seres de «carne y sangre», en la terminología hebrea), sino «contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. (Ef 6, 12)»

El poeta «maldito» Baudelaire conocía por amarga experiencia la existencia de estos poderes despóticos que, doblegando su voluntad, lo arrastraban a la autodestrucción. Nos dice en Las Flores del Mal:

 A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio; flota alrededor mío como un aire impalpable; lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones y los llena de un deseo eterno y culpable. […] Me conduce así lejos de la mirada de Dios, jadeante y rendido de fatiga, en medio de las llanuras del Hastío, profundas y desiertas, y lanza a mis ojos llenos de confusión ¡vestidos manchados, heridas abiertas y el parto sangriento de la Destrucción!

También conoció este suplicio quien escribió:

 Durante el día entero estuve atormentada por terribles tentaciones, me venían a la boca blasfemias, una aversión a todo lo santo y divino […] un dolor tan tremendo estrechó mi alma que faltó poco para que gritara […]. En un momento mi alma se hizo como una roca: árida, llena de tormentos y de inquietud.  Varias blasfemias e imprecaciones retumbaban en mis oídos.  La desconfianza y la desesperación se albergaron en mi corazón.

Este segundo texto está entresacado de los apartados 311 y 673 del Diario de Santa Faustina Kowalska, una monja polaca considerada apóstol de la Divina Misericordia. Prosigue así:

 […] decidí ir al jardín y esconderme para poder al menos aliviarme llorando.  De repente Jesús se presentó junto a mí y dijo:  «¿A dónde piensas ir?».  No le contesté, pero desahogué ante Él todo mi dolor y cesaron todas las insidias de Satanás.  Jesús me dijo: «La paz interior que tienes es una gracia», y desapareció súbitamente.

 De modo que, según estas palabras recibidas de Jesús por la mística polaca, la paz interior no es un don inherente a la naturaleza humana, sino una «gracia», un regalo que procede de lo alto. Este estado beatífico, tan añorado como huidizo, nos llega cuando reconocemos nuestra miseria bajo la mirada misericordiosa de Jesús o de alguno de sus ministros. De aquí el poder de la bendición sacerdotal.

 

 La Bendición de Široki Brijeg

«No temáis a quienes matan el cuerpo pero no pueden matar el alma».

Los treinta franciscanos que moraban en el convento de Široki Brijeg (Croacia) conocían muy bien estas palabras de Jesús. Y hubieron de tenerlas muy presentes cuando, durante la ominosa mañana del miércoles 7 de febrero de 1945, unos agentes del gobierno irrumpieron en su monasterio para persuadirlos a despojarse de sus hábitos y renunciar a su fe en Cristo.

Los religiosos, fieles a su credo, fueron desplomándose al impacto de las balas. El superior del monasterio clavó su mirada en los homicidas e, invocando la Misericordia del Crucificado, los bendijo en nombre de los caídos.

Aquella bendición no quedó sin fruto.

Varias décadas después, un creciente número de no creyentes comenzó a abrazar la Fe bajo los auspicios de la Gospa («Señora», en alusión a la Virgen María), que había comenzado a aparecerse en Medjugorje subrayando su presencia mediante innumerables frutos de conversión y sanación.

Entre esos conversos figura Anka Blažević, comunista educada en el ateísmo. Trabajando como guía turística, había entrado en la iglesia parroquial de Medjugorje para acompañar a unos peregrinos. Tuvo allí una auténtica epifanía. Nos dice:

 

No conocía al Jesús Vivo. Jamás había visto una hostia. No sabía nada de espiritualidad cristiana. Era el momento de la comunión.

Todo sucedió en un instante: vi que los fieles tomaban algo por la boca y luego regresaban a su sitio, se arrodillaban y cantaban. Parecía como si hubiese una línea invisible entre el sacerdote y el pueblo. Las personas tomaban la hostia a medida que iban llegando. Al cruzar aquella línea invisible ocurría algo prodigioso. ¡En aquellos momentos tuve la extraordinaria gracia de ver la transformación mística que sucede dentro de nosotros tras recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo! ¡No sabía nada al respecto! ¡Vi que la gente cambiaba cuando cruzaba esa línea invisible! Cada persona, cuando regresaba a su lugar, volvía transfigurada, radiante de luz, una luz que venía hacia nosotros, que le iluminaba todo el rostro, que inundaba toda la Iglesia!

Yo ignoraba que en aquel momento estaba recibiendo una gracia especial por tener el corazón abierto.

 

Pidió el bautismo poco después.

En 2010, durante su participación en XIII Encuentro «Reina de la Paz», que tuvo lugar en El Escorial, hizo especial mención de aquella bendición, y afirmó con voz trémula: «Yo soy fruto de aquel perdón».

 

 Anka Blažević

Bendición de una jarra de vino

En su Libro de los Diálogos, San Gregorio Magno relata el efecto prodigioso de una bendición hecha por San Benito:

No lejos de allí, había un monasterio cuyo abad había fallecido, y todos los monjes de su comunidad fueron adonde estaba el venerable Benito y con grandes instancias le suplicaron que fuera su prelado. Durante mucho tiempo no quiso aceptar la propuesta, pronosticándoles que no podía ajustarse su estilo de vida al de ellos, pero al fin, vencido por sus reiteradas súplicas, dio su consentimiento. Instauró en aquel monasterio la observancia regular, y no permitió a nadie desviarse como antes, por actos ilícitos, ni a derecha ni a izquierda del camino de la perfección. Entonces, los monjes que había recibido bajo su dirección, empezaron a acusarse a sí mismos de haberle pedido que les gobernase, pues su vida tortuosa contrastaba con la rectitud de vida del santo.

Viendo que bajo su gobierno no les sería permitido nada ilícito, se lamentaban de tener que, por una parte renunciar a su forma de vida, y por otra, haber de aceptar normas nuevas con su espíritu envejecido. Y como la vida de los buenos es siempre inaguantable para los malos, empezaron a tratar de cómo le darían muerte. Después de tomar esta decisión, echaron veneno en su vino. Según la costumbre del monasterio, fue presentado al abad, que estaba en la mesa, el jarro de cristal que contenía aquella bebida envenenada, para que lo bendijera; Benito levantó la mano y trazó la señal de la cruz. Y en el mismo instante, el jarro que estaba algo distante de él, se quebró y quedó roto en tantos pedazos, que más parecía que aquel jarro que contenía la muerte, en vez de recibir la señal de la cruz hubiera recibido una pedrada. En seguida comprendió el hombre de Dios que aquel vaso contenía una bebida de muerte, puesto que no había podido soportar la señal de la vida. A1 momento se levantó de la mesa, reunió a los monjes y con rostro sereno y ánimo tranquilo les dijo: «Que Dios todopoderoso se apiade de vosotros, hermanos. ¿Por qué quisisteis hacer esto conmigo? ¿Acaso no os lo dije desde el principio que mi estilo de vida era incompatible con el vuestro? Id a buscar un abad de acuerdo con vuestra forma de vivir, porque en adelante no podréis contar conmigo».

Entonces regresó a su amada soledad y allí vivió consigo mismo, bajo la mirada del celestial Espectador.

San Benito bendice

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2. La bendición de la Virgen

Según registran las crónicas de Medjugorje, fue el 5 de agosto de 1985 cuando Nuestra Señora dio su bendición especial y maternal por primera vez. A partir de entonces, la Virgen ha dado repetidas veces esta bendición, no sin antes dejar claro que la bendición de los sacerdotes es superior. Dijo a Marija: «Si los sacerdotes supieran lo que le dan a una persona cuando la bendicen, si pudieran verlo, bendecirían sin cesar». Las manos de los sacerdotes han recibido la unción sagrada y es Jesús quien bendice por medio de ellos.

En el mensaje dado el 29 de noviembre de 1988 a través de la vidente Marija Pavlovic, afirmó:

 «Bendecid también a los que no creen. Podéis darles esta bendición de corazón para ayudarles a convertirse. Bendecid a todo el que os encontréis. Os doy una gracia especial. Deseo que la transmitáis a otros».

Según reveló a esta vidente, esta bendición tiene el poder de ayudar a las personas a convertirse; puede usarse en creyentes y no creyentes; su efecto perdura toda la vida; es tanto más poderosa cuanto con más fe se dé y cuanto más corazón se ponga en las oraciones ofrecidas por la persona bendecida. Es necesario estar en el lugar de la aparición para recibir directamente la bendición de la Virgen. Si el receptor de esta bendición directa la transmite a su vez a otra persona, esta última la obtiene en el mismo grado. Esta segunda persona puede transmitirla a una tercera, y así sucesivamente. La transmisión ha de hacerse de modo individual, con el pensamiento o con palabras de libre elección, en presencia del bendecido o a distancia. Basta una oración espontánea, como, por ejemplo: «Yo te ofrezco la bendición de Nuestra Señora». Puede repetirse cada día para incrementar su eficacia.

Generalmente, los efectos de esta bendición no son espectaculares, ni siquiera palpables exteriormente, pues su acción es de orden espiritual. No obstante, en ocasiones han producido efectos exteriormente tangibles. Refiero a continuación unos ejemplos.

 

Bendición en el Lago de Como

 El 16 de julio de 1988, festividad de Nuestra Señora del Carmen,  la vidente Marija Pavlovic se encontraba en Monza, Italia, en casa de unos amigos italianos (entre los que figuraba Paolo, que acabaría siendo su esposo). La Gospa se le apareció, impartió su bendición especial y maternal a cada uno de los presentes y les dio este mensaje:

 «Esta noche, mis queridos hijos, os doy una bendición especial y os pido que salgáis para dar esta bendición a todos aquellos a quienes encontréis. Id adonde encontréis el mayor número de personas, allí donde se reúna la gente…»

 Deseosos de cumplir los deseos de la Gospa, Marija y sus acompañantes eligieron como idóneo campo de acción las orillas del cercano lago de Como, muy concurridas por veraneantes. Anochecía cuando avistaron las hileras de bares y cafeterías que bordeaban el lago. Un hervidero de ociosos veraneantes se solazaba en sus terrazas conversando animadamente entre copiosas libaciones. Los improvisados expedicionarios se aprestaron a cumplir su insólita Misión Gospa. Se repartieron la zona en sectores para abarcar a todo el gentío. Con disciplina militar y contumaz concentración fueron avanzando lentamente entre los presentes, bendiciéndolos interiormente uno a uno hasta completar su laborioso cometido en torno al lago. A su regreso se toparon con un sorprendente cambio de escenario. Pero dejemos que sea uno de los protagonistas quien explique lo ocurrido:

 «Dimos así una larga vuelta alrededor del lago. Pero de regreso, ¡cuál no fue nuestra sorpresa al comprobar que no había quedado casi nadie por donde habíamos pasado! ¡Los cafés estaban desiertos, las sillas vacías! Los camareros, asombrados iban y venían por las terrazas. Acostumbrados, en efecto, a servir a esas multitudes hasta las dos o tres de la mañana, se decían unos a otros: “¡Son apenas las once y todo el mundo ha desaparecido! ¿Qué ha ocurrido? ¿Adónde ha ido la gente?”.»

 

Bendición en el monte Krizevac 

Un mes después, una nueva bendición de la Virgen surtiría un efecto no menos singular. Era el 15 de agosto de 1988, Fiesta de la Asunción. Nuestra Señora había convocado a la gente en el monte Krizevac para darles su anunciada bendición especial y maternal. La Virgen se apareció a Marija, le dio un mensaje y bendijo a los millares de fieles que habían acudido al monte. Una amiga de la vidente descendió del monte por un atajo desconocido por los peregrinos. Unos alemanes, conocedores de sus conocimientos lingüísticos, le pidieron que les tradujese el mensaje de la Virgen, pues los altavoces no lo habían transmitido en su idioma.

Mientras la traductora les repetía el mensaje en alemán, vio de reojo venir hacia ella a un individuo con el rostro inflamado de odio. Le dio mentalmente la bendición que acaba de recibir de la Gospa. El desconocido se detuvo, indeciso, y seguidamente pasó de largo. Al día siguiente al anochecer, el mismo hombre se le acercó con actitud amistosa. Su semblante había cambiado tanto que, al principio, ella no lo reconoció.

—¿Se acuerda usted de mí? Anoche nos vimos en el Krizevac…

—Sí, lo recuerdo.

—Usted me hizo algo ayer, ¿verdad…?

—Sí, le hice algo.

—¡Espere, no me diga nada aún! Quiero saber lo que me hizo, pero antes permítame que le cuente mi historia.

Según refirió, era un médico alemán de treinta años. Había peregrinado a Medjugorje hacía tres años, en una época en que participaba en cultos satánicos. Pero se convirtió y quedó liberado tras pasar allí ocho días, en buena parte gracias a la ayuda de un sacerdote.  A su regreso a Alemania, visitó a sus ex amigos satanistas con la intención de hablarles de Medjugorje y convertirlos. No solo no logró su noble propósito inicial, sino que recayó en el culto al Maligno con nueva virulencia, hasta el punto de ser promovido a director del grupo. Finalmente, al saber que tendría lugar en Medjugorje una gran celebración con motivo de la Fiesta de la Asunción, decidió volver allí, esta vez en misión satánica. Subió al Krizevac para realizar unos ritos malignos. Bajando del monte, al ver cómo ella transmitía el mensaje de la Virgen, se le acercó con intención de agredirla, pero al llegar a su lado quedó muy confuso. Regresó a su hotel y aquella noche fue incapaz de dormir. Una voz repetía incesantemente en su interior: «¡Padre del Cielo, yo sé que Tú estás aquí; no me dejes nunca más!»

Finalmente concluyó:

—De madrugada sentí la necesidad urgente de buscar la ayuda de un sacerdote. Encontré al Padre Pavic y me confesé con él. Tras darme la absolución, rezó por mí unas oraciones de exorcismo. Ahora quiero darle las gracias a usted. ¿Qué me hizo anoche?

—Anoche, la Gospa nos dio su bendición especial y maternal y nos pidió que la transmitiéramos a todas las personas. Usted acaba de confirmar la explicación que ella nos había dado sobre esta bendición. Según la Virgen, esta bendición es un don especial concedido por el Altísimo, que se comprometía a permanecer junto a la persona bendecida durante el resto de su vida, socorriéndola con gracias especiales para su conversión. Yo acababa de recibir esa bendición, y se la transmití a usted.

 

Testimonio de Sor Emmanuel 

Refiere esta monja, conversa y cronista de las apariciones de la Gospa, que, encontrándose cierta noche en la iglesia parroquial de Medjugorje, advirtió la presencia de un hombre que intentaba acercarse al altar abriéndose paso entre el gentío. Ardua labor, pues el templo estaba de bote en bote. Su pobre vestimenta y su famélico aspecto proclamaban su indigencia y desnutrición. Su rostro estaba marcado por el sufrimiento, pero sus ojos, fijos en el altar, tenían el brillo de la fe. Conmovida, sor Emmanuel le transmitió interiormente la bendición especial de la Virgen a sus espaldas, a una distancia de dos o tres metros. El hombre se dio la vuelta y escudriñó cuidadosamente a la multitud que se agolpaba tras él, como buscando a alguien. Cuando sus ojos se posaron sobre sor Emmanuel, le dijo sonriente: “Oh, thank you, sister!” Y reanudó su marcha.

 

 Escándalo en una estación de metro

 Relata la misma cronista que, poco tiempo después del episodio de la iglesia, su amiga Karen le refirió un curioso incidente que le había sucedido en Roma mientras esperaba el metro. Era poco antes de medianoche, y el andén estaba llenándose de un aluvión de personas procedente de cines, restaurantes y discotecas. Esperaban el último tren, que debía llegar en diez minutos. Como tenía por costumbre, Karen comenzó a transmitir la bendición de la Gospa a todos los circunstantes. Le llamó la atención el aspecto miserable de una mujer situada en el otro extremo del andén. Parecía alcohólica o perturbada. Comenzó a orar por ella: “Señor, ve hacia ella a través de la bendición especial de nuestra Madre”. La mujer comenzó a vociferar, atronando el andén:

—¿Cómo te atreves a bendecirme?

Echó a correr hacia Karen, señalándola con el dedo y gritando con voz amenazante:

—¡Termina ya! ¡Deja de bendecirme!

Karen prosiguió bendiciéndola, repitiendo la plegaria. Le preguntaron:

—¿Conoce a esa mujer? ¿Por qué quiere atacarla?

—Déjenla tranquila. ¡Verán que todo termina bien!

La mujer avanzaba velozmente, escupiendo, blasfemando y aullando como fiera pronta a devorarla. Nadie lograba detenerla. Los viajeros de ambos andenes la miraban, unos expectantes y otros aterrados. Intentaba agarrar a Karen, que estaba protegida por un cerco de diez hombres incapaces de neutralizar su fuerza sobrehumana. Haciendo acopio de fe, Karen completó impertérrita su silenciosa bendición, pronunciando interiormente cada palabra con el corazón. La mujer quedó en calma. Cuando llegó el tren, acompañado de gran estruendo, entró en el primer vagón y tomó asiento como si nada hubiera ocurrido. La agitación de su rostro había dado paso a una expresión de paz. Karen se sentó frente a ella. Ambas se miraron como si fuesen amigas. Bajaron en estaciones distintas y no volvieron a verse.

 

La bendición de Jazmín

 Alfred Lee es un octogenario amante de la vida familiar y de las flores, que cultiva en su modesto jardín de Garden Grove, California. Es católico practicante, muy devoto de la Virgen, y respeta las creencias budistas de su esposa Oanh, ahora recluida en silla de ruedas. Regenta un blog donde vuelca su visión del mundo y comparte fotografías de sus flores.

En 1996 recibió la bendición especial y maternal de la Virgen a través de un amigo que la había recibido directamente en Medjugorje. Cedámosle la palabra:

 

Jazmín, la historia de un milagro.

Esta historia es real. En 1996, creo que en Agosto o septiembre, recibí la bendición de la Santísima Virgen María a través de un amigo mío que la había recibido en Medjugorje, Yugoslavia. Por cierto, ofrezco esta historia para la Gloria de Dios y de su Santísima Madre. Yo hacía reparaciones caseras, y el 26 de octubre de 1996 me pidieron que reparase dos espitas que goteaban bajo un fregadero, en un piso propiedad de mi hija. Los inquilinos eran una pareja mejicana, Isabel y Jorge. Tenían dos hijas, una de tres años y medio llamada Elvira, y una niñita de 15 meses llamada Jazmín. Fui al piso a reparar las cañerías y encontré dos fugas de agua bajo el fregadero, que necesitaban ser reparadas. Cuando me disponía a marcharme para comprar el material necesario para la reparación pregunté a Isabel si me permitía bendecirla a ella y a sus hijas con la bendición de Nuestra Santa Madre. Ella respondió:

—Oh, sí, por favor. ¡Llevo tanto tiempo rezando por mi pequeña…! Padece…

No presté mucha atención al nombre que dio a la enfermedad. Por cierto, yo ya había estado allí muchas veces, y nunca vi que la pequeña jugase como hace el resto de los niños. Todo cuanto hacía era permanecer tumbada o estar sentada en la trona. Así pues, las bendije a las tres y fui a la ferretería a comprar los componentes requeridos para la reparación. Cuando regresé me abrió la puerta Elvira, que me recibió con la más bella de las sonrisas. Isabel estaba sentada en el sofá con Jazmín dormida en su regazo. Cuando me dirigía a la cocina con los componentes, Jazmín saltó de repente al suelo, vino hacia mí a gatas y alzó las manos para que yo la cogiera en brazos. La alcé y la besé, y ella me devolvió el beso. Luego la deposité de nuevo en el suelo, y volvió corriendo junto a su madre y trepó a su regazo. Isabel, con expresión estupefacta, declaró:

     —Estos son los primeros pasos que da. Nunca antes había caminado. Me habían dicho que nunca podría caminar. Jazmín saltó inmediatamente fuera de su regazo y comenzó a corretear por toda la vivienda, cogiendo cosas y examinándolas. Dije a Isabel:

     —Creo que hemos tenido un milagro, y que debemos dar muchas gracias a Nuestra Señora.

Resultó que Jazmín padecía diabetes tipo 2 y sufría el síndrome de retraso motor. Estaba paralizada de la cintura para abajo y permanecía en continuo estado de aletargamiento. A la mañana siguiente, Isabel llevó a Jazmín al médico. Este, tras hacer las pruebas necesarias, declaró que la pequeña estaba completamente curada de la diabetes, pero advirtió que esta enfermedad reaparece con frecuencia. Pues bien, han pasado ya 16 años y Jazmín, que ahora es una muchacha grande, no ha vuelto nunca a padecer diabetes. Y, por cierto, yo no soy un hacedor de milagros. Lo único que hago es dar la bendición de la Virgen a mi manera libre. Y diciendo esto, os doy a todos la bendición de nuestra Madre Santísima. Amén.

 

Domingo, 9 de septiembre de 2012

Al Lee.

 

El escritor Wayne Weible entabló amistad con Alfred Lee tras conocer la milagrosa sanación de Jazmín. Un año después de ocurrir esta, debía dar unas charlas en Irvine, California. Asistieron Alfred Lee y Jazmín con su familia. La niña sanada fue presentada como prueba viviente del poder de la bendición de la Virgen.

 


Jazmín_Elvira

Alfred Lee

 

 

 

Bendición de unas ovejas

En su libro Medjugorje, el Triunfo del Corazón, sor Emmanuel nos presenta a Tetka, pastora de Medjugorje «cuyo corazón vibra constantemente al unísono con la naturaleza y con el Creador», y cuyo «rostro lleno de luz bastaría para hacernos comprender por qué la Gospa eligió este pueblecito. Nada de teología, nada de sutileza en el lenguaje, ningún conocimiento libresco, sino siglos de humilde escucha del murmullo de Dios en sus corazones».
Tetka vivía con sus sobrinos Petar, Anka y Mladen, amigos de sor Emmanuel. Un día, Petar dijo a la religiosa:
—Hermana, varias ovejas han enfermado y están a punto de morir. Tememos que todo el rebaño esté contagiado…
Tras pronunciar una banal frase de condolencia, la monja tuvo una repentina inspiración. Acababa de recordar un mensaje de la Gospa en el cual nos pide transmitir su bendición especial y maternal a todas las criaturas (25/12/88). ¿Qué habría querido decir la Virgen con la expresión “todas las criaturas”? ¿Estarían incluidos los animales? Para aquella humilde familia perder todo un rebaño sería desastroso… Informó a Petar sobre aquella peculiar bendición.
—Cuando la Virgen dice “criaturas” —explicó—, con certeza incluye a los animales. Por lo tanto, irás a ver a tu rebaño y orarás para que reciba la bendición de la Gospa…
—Hermana, prefiero que lo hagas tú. Eres una monja… ¡Funcionará mejor contigo!
Aquella tarde, sor Emmanuel y cinco miembros de su comunidad, comenzaron a orar frente al rebaño.

«Era la primera vez que oraba por unas cositas lanudas en lugar de seres humanos», rememora la religiosa, «pero sentí la alegría del Creador en medio de nosotros, y todo se hizo con una sencillez muy infantil».

Las ovejas sanaron rápidamente.

1 Comentario

  1. Esplendido trabajo e interesantísimo, enhorabuena Juan.

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