El Clamor

El Clamor

“EL CLAMOR”    Éxodo 3, 7

Dijo Yahveh: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto,

y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores;

pues ya conozco su sufrimiento. He bajado para librarlo…

 

Damos un buen salto, dejando atrás seguro no pocos pasajes interesantes para el tema que nos ocupa; abandonamos todo el libro del Génesis – con las maravillosas historias de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob entre otras – para ir al siguiente libro, el Éxodo. Pero ante la imposibilidad de abarcarlo todo, me centro en aquellos pasajes que más resuenan en mi corazón. Este es el pasaje número uno en este sentido: estas palabras me acompañan desde hace más de 30 años, resonando dentro de mí: “la aflicción de mi pueblo… he escuchado su clamor…” Son como el punto de inflexión, Dios ha tomado una decisión, acaba una etapa y comienza algo nuevo, impresionante, decisivo y determinante, de una trascendencia sin comparación, es una nueva era. Es el anuncio de una decisión irrevocable de Dios, el largo camino hacia la libertad ha sido puesto en marcha; suenan las trompetas, comienza la aventura, es sencillamente un momento fantástico.

La escena se sitúa en las faldas del monte Horeb, la montaña sagrada más conocida por Sinaí. Hasta allí ha llegado Moisés – que es el gran protagonista de la primera parte de la Biblia – después de huir de Egipto se ha establecido en Madián, se ha casado con Séfora, tiene un hijo y trabaja como pastor de ovejas. Un día llegó con las ovejas cerca de esta montaña y contempló un caso curioso, una zarza que ardía pero que no se consumía,  se acercó y fue cuando se encontró con la voz de Dios que le habla desde la zarza: le llamó por su nombre, y se le presentó como el Dios de sus Padres Abraham, Isaac y Jacob. A partir de aquí vienen los versículos seleccionados, estos que siempre me han impactado.

Dios dice: “bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto”. Bueno, pues ese pueblo, los hebreos, al que Dios llama Su pueblo, resulta que llevan cuatrocientos años en Egipto desde que bajó Jacob con sus hijos, y durante estos larguísimos años hasta ahora, Dios ha estado callado. Parece como si los hubiera abandonado, pero dice bien vista tengo, como si siempre los hubiera estado observando.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué este tiempo tan largo? ¿Por qué 400?

Esta referencia de tiempo, 400 años, no está puesta al azar: en la Biblia los números son muy importantes y expresan realidades espirituales, más allá de su significado numérico de tiempo. En este caso, el número cuatrocientos hace referencia a un periodo de preparación para algo nuevo y muy importante. Lo encontramos también en la Biblia: en el caso de los 40 años que estuvo el pueblo de Israel en el desierto antes de entrar en la tierra prometida, 40 días de Jesús en el desierto antes de dar comienzo a su vida pública, y los 4 días que estuvo Lázaro en la tumba antes de que Jesús le resucitara. También hoy tenemos el tiempo de Cuaresma, que es un tiempo de preparación para el gran acontecimiento de la Pascua, y tiene una duración de 40 días.

Dios ha estado en silencio, sí, pero siempre cercano, como hablamos en el artículo anterior, y siempre ayudando, porque es durante este tiempo, aparentemente duro en extremo y banal, cuando se ha producido el crecimiento del pueblo. Como nos cuenta el libro de Deuteronomio “Mi padre fue un arameo errante y descendió a Egipto y residió allí, siendo pocos en número; pero allí llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa” (Dt 26, 5).

Estos hebreos en Egipto no se sentían muy dichosos, habían sido sometidos a esclavitud. Hoy no nos resulta fácil comprender tal situación, después de tantos siglos, la esclavitud nos parece algo de película más que una realidad. Tendremos que hacer un esfuerzo para ponernos en situación. Pero creo que existen algunas imágenes actuales, cercanas y comprensibles que nos pueden ayudar a situarnos en el contexto de estos años de esclavitud: está claro que en la sociedad moderna, los derechos de los trabajadores están instaurados con tal avance que resultaría increíble para un esclavo de hace unos miles de años, pero las avaricias y miserias de los hombres, no han cambiado tanto, más bien diría que nada. Muy recientemente y todavía sin superar, hemos vivido un tiempo de crisis económica realmente preocupante y dramático. En estos años de dificultad, he podido comprobar un dato muy curioso, que nos revela cómo somos y nos puede acercar a la comprensión de cómo sería la vida de un esclavo. Yo hasta hace unos años, antes de la crisis económica que se disparó a partir de 2008, gozaba en mi trabajo de una situación verdaderamente privilegiada; las empresas de mi sector obtenían grandes beneficios por nuestro trabajo, se daba una situación en la que los trabajadores cualificados éramos muy solicitados. De esta manera, al sabernos necesarios, era normal protestar por cualquier falta de derechos y éramos muy exigentes con la empresa, que normalmente se tenía que plegar a nuestras condiciones. Era un ambiente en que el trabajador no tenía ningún reparo en exigir, quejarse o discutir una situación con la que no estuviera de acuerdo.

¡Pero amigo! llegó la crisis, descendió la productividad y bajaron los beneficios, comenzaron los despidos y de momento todo cambió, y los que antes nos quejábamos por cualquier cosa y éramos capaces de reclamar en voz alta y clara nuestros derechos, dejamos de hacerlo. Había llegado el tiempo de no protestar por nada, tiempos de tragar en silencio, lo importante es sobrevivir, no perder el ansiado y necesario puesto de trabajo, aunque suponga trabajar más por menos dinero y además poniendo buena cara, se acabaron las protestas, porque está claro que un trabajador que se queja sería de la lista del próximo ERE*.

Pues bien, esta situación pero multiplicada por mucho es la que vivía un esclavo. El objetivo de un esclavo era literalmente sobrevivir, y en este caso no es en sentido metafórico como antes en el que me refería a conservar el trabajo, ahora no, ahora se trata de conservar la vida, porque está claro: los esclavos no protestan, no se quejan, no levantan ningún tipo de clamor, porque eso les costaría la vida. La meta de un esclavo era llegar vivo al final del día, y para ello lo mejor era callar, agachar la cabeza y trabajar sin protestas y sin quejas, ni siquiera por enfermedad, entonces no existían las bajas laborales. Solo tocaba aguantar, sufrir y guardar silencio, para que nadie absolutamente pudiera escuchar ni siquiera un ligero susurro de protesta o clamor.

Ahora podemos volver a escuchar esas palabras que Dios dice a Moisés en la montaña: “he escuchado su clamor”. ¿Pero cómo es posible? si los que estaban allí no escucharon ningún clamor, ¿cómo es posible que Dios lo haya escuchado? Pues sí,  Él escucha su clamor, y pienso que alguien más tuvo esa capacidad: el corazón de una madre. El corazón materno es capaz de escuchar el sufrimiento del hijo aunque no se queje en absoluto y además de manera más clara que el propio hijo que sufre. Por dos motivos: por su íntima unión y cercanía con el hijo, que es la carne de sus entrañas, y porque ella también participa del mismo dolor.

Dios puede escuchar el clamor silencioso del sufrimiento interior, porque es madre, porque aquel al que llamamos Padre Nuestro, también nos ama con Amor de Madre Nuestra. Por lo que podríamos hablar de “la Misericordia Maternal de Dios Padre”. Este Dios que escucha el clamor del pueblo no actúa en una respuesta hacia un hecho injusto, sino que responde a su propio impulso interior, que es el Amor por su creatura que sufre, o podemos adelantarnos en los tiempos y decir que Dios responde a todo sufrimiento humano en el Amor por su hijo sufriente. Porque en Jesucristo Hijo único de Dios Padre, todos somos hijos de un mismo Padre y también de una misma Madre, este es el sentido más amplio de lo que significa ser Hijo de Dios, y esto es válido para todos los hombres de todos los tiempos sin importar su credo o su condición social.

No hay sufrimiento humano que sea indiferente a Dios, Él dice: “bien vista tengo la aflicción…” No dice: “he visto”, sino: “bien vista tengo…”. Esta expresión sugiere una cercanía de siempre, los cuatrocientos años Dios ha estado pendiente del dolor de su pueblo; no se trata de que en un momento dado Dios haya mirado por casualidad hacia Egipto, y se haya percatado de la situación del pueblo, no, Él siempre ha estado ahí, cercano y atento a todo, a cada momento de la vida de sus hijos queridos.

El misterio sería entonces: ¿por qué Dios no ha actuado antes? Este es el punto clave del sufrimiento humano, el tiempo de Dios es distinto a nuestro tiempo, lo que resulta un misterio para la razón humana. Estos 400 años son en tantos casos de dolor, lo que nos lleva a desesperar, y precisamente esta posibilidad de desesperanza, podría ser una leve luz sobre el problema que se nos plantea. Intentaré explicarme:

Dios, hemos dicho, nos ama con Misericordia Maternal, pero no deja de ser Padre. ¿Qué significado tiene esta, en principio, fácil afirmación? Veamos pues de manera general los aspectos que diferencian la relación del padre o de la madre con los hijos, aunque siempre existen particularidades, tal vez podríamos entendernos si hablamos de unas maneras de amar diferentes: la de un padre y  la de una madre. Yo no creo, como sostienen algunos, que las madres quieren más a sus hijos que los padres, pero sí creo que este amor se expresa de diferente manera. Mientras que la madre es mucho más sensible y detecta mucho antes cualquier problema, el padre parece, y en general lo es, más duro e insensible. A todos nos suenan palabras como: qué lástima, pobre chico, ¡ay mi pequeño! etc… y también otras como: seguro que aprende, si le ha estado bien empleado, la letra con sangre entra, etc… Evidente es que la ternura y preocupación de una madre es algo que todos necesitamos, pero ya sabemos lo que se dice de un chico excesivamente protegido. También necesitamos el amor de padre, amor que espera y espera, que no sale corriendo a levantarnos cuando hemos caído, para que aprendamos a hacerlo por nuestras propias fuerzas, para hacernos responsables, para hacernos crecer. Y crecer es absolutamente necesario para poder ser libres. Imaginaos que Dios no dejara que sufriéramos por nada, en ese caso no tendríamos la libertad de negarlo, de rechazarlo, seríamos absolutamente dependientes de Él y en consecuencia sin Libertad, y sin libertad no hay amor. Solo la posibilidad de perder la esperanza, de decir a Dios no, es lo que nos hace hombres capaces de decir a Dios: Sí. Crecer para la libertad es lo que hizo el pueblo en esos 400 años, durante los cuales Dios, como una madre, sufrió con su pueblo, pero como padre tuvo paciencia y esperó el momento adecuado de rescatarlo para que fuera libre.

Hoy, en estos tiempos de crisis moral que nos ha tocado vivir, no son pocos los cristianos que desesperan ante tantas terribles noticias que cada día nos encontramos en los medios de comunicación; no es difícil encontrarnos con una pregunta latente: ¿nos ha abandonado Dios? Pensando en estos tiempos de “abandono”, de aparente ausencia de Dios, no puedo dejar de recordar a mi querida Madre Teresa de Calcuta, ella conoció especialmente esta situación. A los pocos años de su muerte, salieron a la luz pública una serie de cartas privadas de la Santa que revelaron al mundo una realidad que dejó asombrados a todos, ni los más allegados habían conocido la terrible oscuridad en que Madre Teresa vivió durante tantos años. Solo algunos de sus confesores sabían que aquella santa mujer que irradiaba el Amor de Dios por donde pasaba, guardaba en absoluto secreto un enorme dolor por sentirse abandonada de todo consuelo divino desde el momento que dio comienzo a su labor como Misionera de la Caridad entre los más pobres de los pobres. Ella, que había tenido una relación tan intensa e íntima con Dios, resulta que se quedó sola sin su consuelo; un clamor absolutamente sordo, no escuchado por nadie más allá de sus confesores, se elevaba cada día a Dios, pero este parecía ausente. Ella sufrió esos terribles 400 años en Egipto, pero igual que el pueblo crecía en su esclavitud, la obra de Madre Teresa, crecía y crecía: cuanta mayor era su oscuridad interior, mayor era la luz que irradiaba en el mundo, y la congregación crecía y se extendía por los cinco continentes, llevando al mundo un mensaje de luz y amor de Dios. Al principio, ella no comprendía esta situación y solo hacía sufrir y sufrir, pero después entendió que estaba compartiendo el abandono que Jesucristo sufrió en su pasión, en la que llegó a gritar: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? Su oscuridad fue un estigma psíquico de la pasión de Cristo. Y de la misma manera que la muerte de Cristo nos trajo la vida para todos, la oscuridad de Madre Teresa se transformó en luz para muchos.

Todo dolor, todo sufrimiento, tiene sentido en Dios: Él no se pierde detalle, tiene bien vista nuestra aflicción. En Dios nuestra existencia, por penosa o difícil que sea, adquiere sentido, nos une a los demás y nos hace personas capaces de dar, capaces de amar. Resulta fácil mirar al pasado y contemplar con satisfacción como las dificultades de la juventud nos hicieron crecer y nos unieron más a nuestros seres queridos. Mi mujer y yo solemos recordar, con no poca nostalgia, las dificultades y carencias que tuvimos en los primeros años, un tercero sin ascensor, los niños muy pequeños, trabajo precario, ni por asomo teníamos dinero para llegar a fin de mes, sin muebles, sin televisión, sin tantas cosas… y sin embargo, ¡que felices éramos! Nos teníamos el uno al otro y con las dificultades nuestro amor crecía y crecía.

¡Bien sé yo! que no es fácil mantener la esperanza en situaciones difíciles, de dolor, cuando no se acierta a comprender, cuando todo está completamente oscuro. Pero en esos momentos, la verdad de un Dios de infinita Misericordia, sigue ahí, no se ha movido un ápice, y si logramos mantener aunque sea solo un pequeño hilo con esa Verdad, aguantaremos y veremos luz, Luz que transformará nuestra tribulación en alegría serena.

¡Confía en Dios! Solo Él tiene bien vista tu aflicción.

“…Voy a confiar en Él.

Sea lo que sea, donde quiera que esté…

Él no hace nada en vano, sabe lo que hace.

Puede que me quite a mis amigos,

puede que me mande entre extraños,

puede que me haga sentirme desolado,

que mi espíritu decaiga,

que se esconda en el futuro de mí.

Aún así, Él sabe lo que está haciendo.”   (Beato John Henry Newman)

Miguel Alacid

Miguel Alacid

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