María Magdalena

María Magdalena

DE MUJER MARGINADA A DISCÍPULA DE JESÚS La imagen de Santa María Magdalena fue cambiada a lo largo de la historia, especialmente en nuestra tradición occidental. A nuestro arte occidental más reciente, no el medieval, le ha gustado representar a María Magdalena como una prostituta arrepentida, con los cabellos sueltos, casi siempre pelirroja, postrada en el suelo y haciendo penitencia. Una imagen que no refleja la verdadera identidad de una de las primeras discípulas de Jesús, la que fue instruida por Jesús, junto a las otras mujeres, en los misterios del Reino de Dios. La primera testigo de la resurrección y la encargada de ir a los apóstoles a anunciar que Jesús había resucitado como les había dicho cuando estaba con ellos. Tenemos que recuperar la imagen de una mujer al servicio del primer anuncio evangélico, volver a la imagen que delinean los Evangelios y los datos arqueológicos que están apareciendo en las excavaciones de la ciudad de Magdala. La imagen de la prostituta viene de identificar de manera apresurada a María Magdalena con alguna de las mujeres prostitutas que aparecen de manera anónima en los Evangelios. Un anonimato que responde a la discreción, pues algunas de estas mujeres eran en el momento en el que se escribieron los Evangelios, evangelizadoras en las primeras comunidades cristianas. Pero de todas formas, si lo fue,  no creo que sea lo que más hay que señalar en ella según la imagen que pintan los evangelios. Santa María Magdalena fue una mujer rota y marginada por la que nadie había podido hacer nada, hasta que se encontró con Jesús. Los “siete demonios” que...
La meditación cristiana

La meditación cristiana

      Algunas veces cuando hablamos de meditación hay quien identifica esto con la religiosidad oriental como el budismo o con algunos de los grupos de la nueva era. Hay también quien entiende por meditación sólo un estilo de vida, una búsqueda de serenidad y quietud para vivir con más armonía en medio de nuestra dispersión. Meditación se asocia con términos como mindfullness, silencio, paz interior y otros, en el sentido de una espiritualidad laica y universal. Y no son pocos los que buscan esto, pues no han encontrado respuesta en nuestro contexto católico, tan centrado algunas veces en tradiciones, ritos, y preceptos morales. Buscan un modo de pacificación interior que les ayude a encontrarse consigo mismos, tal vez, después de no pocas frustraciones o desengaños. Buscan un silencio que les libere de algunas palabras engañosas. (Jr 7,4) Entre algunos católicos existe una clara prevención ante la palabra “meditación”, y trazan rápidamente una frontera. Parecen más preocupados por la exterioridad de formas religiosas y el peso social de éstas que por crecer espiritualmente desde una interioridad.  No saben o se olvidan que la “meditación” es necesaria para acoger el Reino de Dios en medio de nosotros. Y esto es así desde el inicio de la primera misión de la Iglesia, cuando Jesús mandó a los setenta y dos discípulos de dos en dos. (Lc 10,1-9) Estos discípulos, después de hablar de Jesús y de manifestar los signos del Reino entre la gente, debían decir: “El Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Y la acogida de este Reino que ha llegado sólo es posible comenzando por nuestro corazón...
SOMOS CUERPO, ALMA Y ESPÍRITU

SOMOS CUERPO, ALMA Y ESPÍRITU

        La Biblia dice que Dios nos ha creado con un cuerpo, un alma y un espíritu. Somos una unidad carnal o corporal que nos envuelve y nos expresa, y en la Biblia se dice con la palabra “carne” (basar). Somos también una unidad anímica que nos mueve, y se dice con las palabras “alma” (nefes) y “corazón” (leb). Y somos finalmente una unidad espiritual que nos fortalece y se dice con la palabra “espíritu” (ruaj). Si la carne nos une con los animales y el espíritu nos eleva a Dios, el centro del ser humano es el corazón que escucha, razona, medita, y decide. El nefes está también en el centro, y lo traducimos habitualmente por “alma” (lo que anima) y expresa a la persona necesitada, que busca, que se mueve, que ansía porque siente y necesita. A veces nos confundimos, pues este nefes no es exactamente el alma espiritual (Mt 10,28), sino simplemente un elemento anímico que nos empuja a sobrevivir. Dios nos creó como un “nefes viviente” (Gn2,7), y sin el nefes morimos: no comemos, no nos movemos, no buscamos sobrevivir. Este nefes es el alma sufriente y atribulada que busca y ansía la salvación, como leemos en los Salmos (Sal 6), pero por sí solo el nefes no puede encontrar el modo humano de vivir. Veamos en un esquema nuestros tres elementos expresados en cuatro componentes. Es lo que yo llamo el triángulo de la interioridad, porque para desarrollar nuestra humanidad tenemos que seguir el camino hasta el espíritu, hasta lo más profundo de nosotros mismos. Estos cuatro componentes (carne, alma, corazón y espíritu) definen...