Amar al Amor

Amar al Amor

Jesús preguntó a los doce:

-¿También vosotros queréis marcharos?

Simón Pedro le respondió:

-Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.

Si hubiésemos estado en el momento en que tuvo lugar esta escena recogida en el Evangelio de San Juan (Jn 6, 67-69), habríamos podido ver la mirada que Nuestro Señor posó en cada uno de los Doce: no sólo en sus rostros, sino, sobre todo, en sus corazones. Pues Dios sondea los corazones y conoce lo que hay en el interior de cada uno. Como en tantas otras ocasiones, el Señor buscaba con esas palabras una respuesta personal en cada uno de ellos, respetando su libertad: no en vano, momentos antes, muchos de los discípulos que iban con Él lo habían abandonado porque juzgaban que la doctrina que les enseñaba era “inadmisible”.

Aquí tendríamos un buen punto de reflexión para nuestra vida cristiana.

Estas palabras también nos las dirige a nosotros, al fondo de nuestro corazón: ¿hasta qué punto llega nuestro amor por Él?…o, planteado de otro modo, ¿hasta qué punto se ha enfriado nuestro amor por Él? Como San Pedro, también nosotros debemos tener claros los motivos para confiar en Él, para esperar en Él, para amarle con un corazón decidido y agradecido.

Pero para tener claros los motivos, es necesario responder antes la cuestión decisiva que Nuestro Señor les formuló en otra ocasión: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15). Aquí está la raíz de la que dependerá la solidez y la fecundidad de nuestra vida cristiana: otra piedra de toque para nuestro examen de vida. En nada se parecen un cristiano que se ha encontrado verdaderamente con el Señor y que tiene su corazón puesto por entero en Él a otro que apenas se ha dejado tocar por Él y cuyo corazón está puesto aún en lo que el mundo le ofrece o le dicta como “políticamente correcto”.

Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón (Mt 6, 21), dice el Señor.

Para amar al Señor es necesario salir a su encuentro y abrirle el corazón de par en par, ir despojándose del hombre viejo y revistiéndose del hombre nuevo. Vivir en un permanente estado de conversión y formación. Cultivar a diario la oración, “estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama, como expresa Santa Teresa de Jesús. Confiar filialmente en Su misericordia infinita y en Su justicia siempre. Y hacer vida las obras de amor espirituales y corporales hacia nuestro prójimo, amando como Él nos ha enseñado.

Sobre estas dos reflexiones les insiste, nos insiste, muchas veces el Señor: conocer y obrar. Ambas van unidas y se retroalimentan. El que tiene claros los motivos y ha conocido a Dios (y se ha dejado tocar por Dios), tiene claro el obrar. Al Dios que es Amor, sólo cabe darle una respuesta: el amor. Así, por amor al Amor, lo seguirá sin dudarlo (a pesar de las dificultades y las “noches oscuras”) y su vida cristiana estará llena de obras de amor y agradecimiento (“…la fe sin obras está muerta” Sant 2,26).

Ni en su razón ni en su corazón concibe otra respuesta posible.

No obstante, y, recuperando una famosa frase de San Francisco de Asís, hemos de admitir que hoy día seguimos encontrando muchos lugares y situaciones donde el Amor no es amado, donde la cita evangélica que abre este comentario nos hiere de nuevo el corazón: ¿también vosotros queréis marcharos?. Aceptar que, tal vez, ese amor primero se ha enfriado en exceso en nuestro corazón.

Propongo tres aspectos para que reflexionemos en qué medida nos vemos reflejados y cómo la Virgen María es nuestro modelo a imitar:

CAPILLA ADORACIÓN PERPETUA EN SEVILLA

 

    En el Sagrario: ¡tantas y tantas veces dejamos al Amor solo en el Sagrario! Cómo no recordar aquí las palabras y los escritos de un santo tan querido como San Manuel González, “el Obispo de los Sagrarios abandonados”. O la experiencia de tantos santos enamorados de Dios presente realmente en la Eucaristía. Hagamos de la Adoración y la Eucaristía el pilar de nuestras vidas, saquemos un tiempo diario para estar con Él. Como María, “Madre de Cristo”, siempre junto al Señor.

 

MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA


En su Cuerpo Místico, la Iglesia: ¡cuántas críticas y ataques desde dentro y desde fuera! ¡Cuántos ataques a la Jerarquía, a las Sagradas Escrituras, al Magisterio, a la Tradición, a la Doctrina moral y social de la Iglesia, a la Liturgia,…! Estamos llamados a ser piedras vivas en la Iglesia, esto es, a ser parte de ella (y no sólo a estar en ella), a dejarnos modelar por medio de la gracia para que Dios se sirva de nosotros cómo y dónde estime más necesario, aportando en ella los dones concedidos, a mayor gloria de Dios. Busquemos siempre y en todo la unidad y la caridad. Como María, “Madre de la Iglesia”, cuidemos de este gran tesoro que es la Iglesia, cuya Cabeza es el Señor.

 

 

MADRE TERESA DE CALCUTA

    En el prójimo: donde la presencia de Cristo también está, aunque tantas veces lo olvidemos. La afirmación del Señor es tajante: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Muchas son las situaciones de injusticia y falta de dignidad que sufren nuestros prójimos, reflejo de un Cristo crucificado que nos interpela: ¿también vosotros queréis marcharos?. Como María, “Madre de la Misericordia”, estemos siempre prestos a tener un corazón cercano a los que sufren, especialmente a aquellos más débiles e indefensos.

 

Finalizo estas líneas deseando que hayan sido de provecho espiritual para cuantos las lean y que ayuden a mantener viva la llama de la caridad en los corazones:

¡no queramos otra cosa que permanecer siempre a Su lado y de todo corazón!

Nacho

Nacho Fernández Estevan

 

 

 

 

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>