Agua clara

Agua clara

¿A quién le gusta el agua sucia?
Y, sin embargo, la ensuciamos.

Querido lector:

Hace días que, por motivos personales, no he podido ni sentarme al ordenador a editar un pequeño artículo. En algunos momentos me acordaba y lo sentía de veras, sobre todo, por cierto compromiso con las personas que tan cariñosamente se asoman por aquí, pero después entendí algo importante: las cosas que hacemos, por muy recto fin que tengan, ¡solo son cosas! Son medios, y por lo tanto, totalmente prescindibles. Lo importante es Dios, nuestra relación con Él y vivir en Su voluntad.

Es una relación de amor, pero no genérica, sino íntima y personal.

La persona es una unidad articulada de dimensión somática, psíquica y espiritual” dice Benedicto XVI. Desde hace días pienso en lo doloroso que es vivir esta inculturación social que, por desgracia, parece no entender esto. Unos profesores nos lo mostraban de modo muy visual con tres círculos, algo así como en la imagen adjunta.
3 circulos - copia

Esa unidad de los tres círculos seríamos nosotros, “la persona”, de modo que:

1.- El círculo más grande y exterior sería nuestra dimensión somática: nuestro cuerpo.
Aquí podemos situar la capa más impulsiva de nuestro ser, “a flor de piel”.
2.- El segundo círculo, menor y más interior, sería nuestra dimensión psíquica: nuestra razón.
3.- Y el tercer círculo, el más profundo, es nuestra dimensión espiritual: nuestro corazón.
Que no debe confundirse con las emociones, que quedarían en el círculo más exterior, ni con los
sentimientos, aunque estos hayan sido aceptados por la razón.
Aquí hablamos del amor electivo como cualidad y don espiritual. Aquí “germinan las virtudes al calor de los
dones del Espíritu Santo”. Aquí se produce la sabiduría y el discernimiento (no racional, sino espiritual)

De modo que “lo que es natural en el animal es infrahumano en el hombre.” Juan Pablo II.

Se ama con la vida entera. Somos una unidad, y por lo tanto, todas nuestras dimensiones tienen
una contínua influencia. Si la persona está fragmentada… ¿dónde vamos? Pongamos ejemplos: cuando se cuida a un enfermo, se hace con el cuerpo, se hace con la razón, y se hace con el corazón, como don de sí. ¡Así todo!

Por eso, como dice Juan Pablo II: “el problema de la crisis del ser humano es el problema de la persona“.

Y los grandes problemas de hoy son del centro del corazón, donde se produce el combate espiritual. Combatir… es cuestión de amor. Pero, ¿para qué combatir? Si no combates, no amas. Cuando amamos a alguien, no deseamos su superficie…sino su corazón. Y así le sucede a Dios con nosotros. Desea nuestro corazón.

El que me ama guardará mi palabra.” (Jn 14,23)

El problema es que el hombre de hoy tiene demasiadas cosas en su corazón, y “solo una es necesaria”. (Lc 10,42)
Desconoce, con mucho, su dimensión espiritual y esto le hace víctima fácil de cualquier engaño. Abundan “lobos con piel de cordero” que te dicen muy pronto lo que quieres oír: “todo vale” (por lo que “nada vale”…nada es valioso) ¿Conocer a Dios? ¿Enamorarme de Él? Esto supone esfuerzo. Sí, pero…

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva.” (Jn 4,10)

Jesús, antes de morir, hizo la promesa del agua viva. “El último día de la fiesta, el más solemne, puesto Jesús en pie exclamó: << Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva.>> Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Pues todavía no era la hora del Espíritu porque Jesús no había sido aún glorificado.”
(Jn 7, 37-39)

¡Tengo sed de agua viva!
¡Tengo sed de Verdad, Amor, Justicia, Belleza y Vida!
¡Tengo sed de Ti!

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