Conversión

Conversión

Querido lector, Buscaba una imagen para estas líneas y la Providencia me presentó esta, que ni pensaba yo, pero que me ha hecho sonreír mucho. Digo: «pues sí que es buena», porque en la caída de Saulo podemos ver lo que sucede cuando de verdad te encuentras con Dios… que te pega un fogonazo, que se te caen todos los criterios propios y ¡empiezas a andar con un tiento..! Conversión significa transformación; «hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era», dice la RAE. Y claro, la conversión frente a Dios implica siempre una caída propia. Si no, ¿dónde está el auténtico reconocimiento de su Luz? Si no hay fogonazo, es que no hay encuentro. «Conviértete y cree en el Evangelio» nos dijeron el día 6 de marzo, mientras nos ponían la Cruz de ceniza en la frente. Comenzaba la Gran Cuaresma, dice el Catecismo, esos 40 días en los que la Iglesia se une al Misterio de Jesús en el desierto. Es Cristo quien ha vencido al Tentador en beneficio nuestro. La liturgia de la Iglesia nos ayuda a abrirnos a esa inteligencia «espiritual» de la economía de la salvación. Este tiempo es en particular apropiado para poner lo que de nosotros sea posible para facilitar ese encuentro: ejercicios espirituales, acudir al sacramento de la confesión, silencio, oración, alguna privación voluntaria como el ayuno y la limosna, obras caritativas y misioneras… Pero todo siempre y en cualquier caso, desde el deseo íntimo del encuentro auténtico. Que ya sabéis: nos traerá caída o descendimiento y fogonazo, pero a su vez, una alegría íntima, paz, libertad, comunión, camino,...